—Ya que nadie tiene objeciones, mejor cierren la boca. No quiero que nadie más me interrumpa mientras hablo —ordenó Melisa, alzando apenas la mirada—. Iván, si alguien se atreve a abrir la boca otra vez, quiero que le dejes la boca tan hinchada que no pueda hablar.
Fabricio, antes de irse, le pidió a Iván que se quedara.
—Entendido.
De inmediato, toda la familia Orozco guardó silencio absoluto.
Melisa recorrió a todos con la mirada, seria y sin titubear.
—A partir de hoy, el Grupo Orozco va a suspender todos los proyectos, excepto el que está en colaboración con MO. Cuando la nueva empresa farmacéutica esté lista, el futuro de la familia Orozco se va a enfocar en el área médica.
—Una vez que liquiden los proyectos del Grupo Orozco, ese dinero se va a usar para formar nuevos talentos en medicina. Si alguien de la familia Orozco está interesado en estudiar medicina, puede participar.
—Además, la familia Orozco va a colaborar con el Jardín de Sabias Raíces para abrir clínicas en diferentes ciudades. El Jardín va a proveer los medicamentos, y los médicos que atiendan en esas clínicas recibirán el quince por ciento de las acciones de cada una.
Cuando terminó de hablar, Melisa se volvió hacia Darío.
—Tío, tú te vas a encargar de seleccionar a los nuevos talentos. Tú conoces mejor que nadie a la gente del pueblo, así que trae a los que tengan más potencial. La empresa farmacéutica es la prioridad en este momento. No te preocupes por el dinero, yo solo quiero que avances lo más rápido posible con la investigación.
—De acuerdo.
A Darío todavía le costaba creer lo que estaba pasando. Sentía que estaba soñando.
Toda su vida pensó que no saldría jamás de aquel pueblo perdido en la montaña. Sin embargo, Melisa no solo lo había sacado de ahí, sino que además lo estaba poniendo al frente de un proyecto en el que siempre soñó participar: el desarrollo de medicamentos.
Por fin, su sueño se estaba haciendo realidad, aunque fuera ya de adulto.
Melisa terminó de repartir las tareas y, antes de salir, se detuvo un instante mirando a Elena.
Luego se levantó y salió de la casa.
Apenas había llegado a la puerta, cuando un lujoso carro se detuvo justo frente a ella.
De inmediato bajaron tres personas del vehículo.
Melisa frunció el ceño.
—¿Ya no les importa la vida o qué?
—Disculpe, señorita Melisa —Simón suspiró, resignado—. No pude convencer a mi papá. Insistió en venir a Real Fortia para verla.
Melisa no respondió. Solo después de tomarle el pulso al señor Hugo, habló.
—Ni el mejor medicamento puede salvar a quien busca ponerse en peligro.
El señor Hugo, apoyado por Simón, le dedicó una sonrisa débil.

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