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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 298

Patricio finalmente firmó el contrato.

En cuanto estampó su firma, Everardo no perdió el tiempo: jaló a Patricio y a Luis y los sacó de la oficina sin miramientos.

Solo entonces Patricio cayó en cuenta de lo que estaba pasando y, alterado, soltó:

—¡Ya firmé! ¿Ahora qué más quieres de mí?

—¿Acaso no escuchaste, tío? —dijo Melisa con total indiferencia—. Te dije que te iba a mandar a Velas y Vino a trabajar de anfitrión, ¿o no te quedó claro?

Patricio abrió los ojos como platos, como si acabara de escuchar la peor broma de su vida.

—¡Pero soy hombre! ¿A quién se le ocurre que yo vaya a recibir clientes? Melisa, no te pases. Ya estás cruzando la línea.

Todo el mundo sabía de sobra que Velas y Vino era el club nocturno más grande del país, con sucursales regadas por todas partes. Ahí dentro podías encontrarte de todo: gente de todos los colores y sabores, desde chicas bien arregladas hasta modelos masculinos.

La mayoría creía que las chicas eran las que más dinero dejaban, pero en el fondo, los modelos varones generaban mucho más.

Y lo peor: la clientela que buscaba a esos chicos no eran solo mujeres. Al contrario, la mayoría eran hombres, y varios con gustos bastante retorcidos.

Solo de imaginarse ahí adentro, Patricio sintió que se le iba el alma. ¿Lo iban a poner a merced de esa clientela? ¡Antes muerto!

La desesperación se apoderó de él; sin pensarlo, echó a correr.

Pero apenas dio dos pasos, Everardo le metió una patada que lo tiró de bruces.

—¿Creíste que podías escaparte de mí? —le gruñó—. Sí que tienes agallas, ¿eh?

Patricio temblaba, el susto le nublaba la cabeza. Antes de que pudiera reaccionar, Everardo ya lo había levantado del suelo como si fuera un costal.

A Luis lo llevaba del otro brazo. Desde antes, Javier ya le había dado un golpe para callarlo porque no dejaba de gritar y molestar.

Luis seguía inconsciente, un peso muerto difícil de cargar. Así que Everardo, sin pensarlo mucho, le estampó la cabeza varias veces contra la pared hasta que Luis, aturdido, volvió en sí.

Luis abrió los ojos, desorientado. Cuando reconoció a quienes lo rodeaban, se le subió la bilis:

—¡¿Qué les pasa?! ¡Suéltenme! ¡Soy Luis Sandoval, el hijo de la familia Sandoval! ¡Si se atreven a tocarme, juro que van a rogar por morirse!

Everardo soltó una carcajada.

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