El celular de Melisa sonó.
Ella echó un vistazo a la pantalla, luego miró a los cuatro mayores de la familia Pacheco y soltó:
—Me voy. Sólo les digo una cosa: espero que la próxima vez que venga ya hayan arreglado este tipo de basura y no me la pongan en frente. Si no es así, me da igual de quién sea hija, amiga o conocida; no tengo problema en demostrarle de lo que soy capaz, aunque digan que soy una mala persona.
Después, Melisa se acercó a Fabricio. Sus dedos largos y delgados recorrieron la mejilla de él, mientras le dedicaba una mirada traviesa y peligrosa.
—Señor Fabricio, cuídese de no ensuciarse, porque si se mancha... ya no me va a gustar tanto.
Fabricio soltó una risa que no disimulaba nada. Agarró la mano de Melisa y, sin pensarlo, le dio una pequeña mordida en los dedos.
—Te voy a estar esperando para que me consientas.
Los cuatro mayores de la familia Pacheco se apresuraron a girar la cabeza, incómodos ante semejante escena.
—Esto sí que no lo quiero ni ver —murmuró uno de ellos.
Melisa se despidió con un gesto rápido y se marchó sin volver la vista atrás.
Leticia, que apenas había salido de su asombro, gritó:
—¡No te vayas! ¡Aún quiero competir contigo...!
No llegó a terminar la frase cuando la voz de Fabricio, cortante y sin rastro de compasión, la interrumpió.
—¡Échenla fuera! No quiero que esta mala vibra contamine mi casa. Además, Meli no la soporta.
Vicente, sin perder el tiempo, se acercó, levantó a Leticia y la cargó como si fuera un costal. Sin ningún miramiento, la dejó fuera de la casa.
Al regresar, Vicente sacudió las manos y miró de reojo a Eduardo, que seguía en el suelo.
—Señor Fabricio, ¿qué hacemos con este tipo?
Eduardo, al escuchar su nombre, se apresuró a suplicar:

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