Melisa soltó una risa, —¿Excelente?
Se puso de pie y, con paso decidido, fue hasta donde estaba Fabricio. Sin previo aviso, lo agarró del cuello de la camisa y lo jaló hacia ella.
—A ver, dime, ¿por qué permitiste que una mujer sin cerebro anduviera rondando a tu lado?
Fabricio, rápido como siempre, le pasó un brazo por el cuello a Melisa, la acercó y le mordió suavemente el labio rojo.
—¿Ya puedo hablar?
Un ligero dolor en la boca hizo que Melisa apretara la mejilla de Fabricio.
—Te doy un minuto para que te expliques —dijo, sin soltarlo.
—Jamás autoricé que esa tipa estuviera cerca de mí. Fue Eduardo quien se aventó esa decisión. Listo, ya terminé —respondió Fabricio, mirándola con una mezcla de picardía y anhelo, como un perro leal y grandote que solo tiene ojos para su dueña. Apenas llevaban unos días sin verse y él ya sentía que la extrañaba con locura.
Pero esa mujer desgraciada ni lo pelaba.
Si no fuera porque Leticia había parado a Melisa en la entrada de la familia Calvo, él ni enterado de que ella ya andaba por Monarca Nova.
De puro coraje, pensó: “¡Qué falta de corazón!”
—Bueno, ya cállate —ordenó Melisa, tocándole los labios con un dedo y sonriendo de lado—. Por lo menos fuiste sincero.
Dicho esto, Melisa se dirigió hacia Leticia. Levantó una ceja y, con un solo dedo, le levantó la cara.
—El hombre con el que yo me acuesto... aunque ya no lo quiera, no te toca a ti meter las manos, ¿te quedó claro?
—¡Tú! —Leticia apretó los labios, furiosa—. ¡Eres una descarada!
—¿No se notaba? —se rio Melisa, despreocupada—. Yo pienso que todo el mundo ya sabe que soy así. ¿Y qué?
Leticia se quedó pasmada. Nunca imaginó que existiera una chica capaz de admitir con tal desparpajo lo que hacía, y encima, decirlo tan tranquila.
Miró a Fabricio, buscando apoyo.
—Fabricio, ¿la oíste? ¡Ella misma admite que es una descarada! ¿Vas a desperdiciar tus sentimientos por alguien así?
Fabricio guardó silencio.
Melisa le había dicho que no hablara. Y él, muy obediente, cerró la boca y ni la miró.
—Fabricio... —insistió Leticia, al borde del llanto—. ¡Dime algo!

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