—¡Papi, me da miedo que me duela! ¡No quiero que me piquen, buaaah!
Al hablar, el niño levantó un poco la barbilla para mirar al hombre, dejando a la vista un rostro precioso y delicado.-
Bárbara contuvo el aliento, con los ojos clavados en la cara del niño.
¡Esa carita era idéntica a la de Abel!
¿Le había dicho papá a Abel?
¿Acaso Abel... la estaba traicionando de esa manera?
El color se fue borrando poco a poco de las mejillas de Bárbara.
Sintió como si le hubieran arrancado un pedazo de corazón y el dolor hizo que empezara a temblar sin poder controlarse.
Abel estaba consolando al niño con muchísima paciencia.
—Davito, pórtate bien. Tienen que inyectarte para que te cures. Papá se va a quedar contigo, hay que ser valientes, ¿sale?
—Si Davito se porta bien y deja que lo inyecten, ¿papi puede dormir hoy con Davito? Mamá dijo que mañana es mi cumpleaños número cinco, ¡y yo quiero abrir los ojitos en mi cumpleaños y ver a papi!
La mano grande y elegante del hombre acarició con ternura la cabeza del niño.
—Sale, papá te lo promete.
—¡Gracias, papi! ¡Eres el mejor papá, Davito te ama muchísimo!
El hombre sonrió.
—Papá también ama mucho a Davito.
Los mimos inocentes del niño y la voz paciente del hombre eran palabras que torturaban a Bárbara lentamente.
¡Su cumpleaños número cinco! ¡Ese niño iba a cumplir cinco años!
Sintió que una mano invisible le apretaba el corazón y se lo destrozaba. El estómago se le revolvió.
Bárbara se tapó la boca y se dio la vuelta torpemente. ¡Se inclinó sobre un bote de basura y empezó a tener arcadas!
Los ruidos que hacía llamaron la atención del niño.
El niño volteó a ver hacia el pasillo y señaló a Bárbara con el dedito.
—Papi, creo que esa muchacha de allá también está enfermita, se ve que se siente muy mal.
Abel frunció un poco el ceño. Al escuchar las arcadas, sintió una punzada extraña en el pecho que no pudo explicarse.
Se levantó con el niño en brazos, y justo cuando iba a acercarse para asomarse, el sonido de unos pasos apresurados se escuchó a sus espaldas.
En el pasillo, Bárbara apenas lograba mantenerse en pie apoyándose en la pared. Estaba pálida como un fantasma y las lágrimas ya no le dejaban ver con claridad.
Antes de aquel día, jamás se le hubiera ocurrido que Abel, ese hombre tan intocable, pudiera ponerle los cuernos, así como tampoco había pensado nunca que Luna Milanés pudiera traicionarla.
Uno era el hombre por el que ella había dado la vida, y la otra era esa muerta de hambre que ella misma había sacado de un pueblo marginado, pagándole la universidad y que siempre aseguraba que la quería como a su propia sangre.
***
Para cuando Bárbara reaccionó, el coche ya estaba estacionado bajo la sombra de unos árboles afuera del fraccionamiento.
A través de la ventana, vio el Maybach de Abel entrar a la residencia.
El enorme portón de bronce con relieves se cerró automáticamente, bloqueando por completo la vista de Bárbara.
Sus manos temblaban sobre el volante de forma incontrolable y no podía apartar los ojos de aquella entrada. Dentro del espacio cerrado del coche, su respiración se volvía cada vez más agitada.
—¡Ugh!
Bárbara abrió la puerta de un empujón, bajó corriendo del coche tapándose la boca y se apoyó en un árbol junto a la banqueta para empezar a devolver.
Pasó un buen rato hasta que los espasmos de su estómago por fin se calmaron. Se enderezó como pudo, se secó la cara llena de lágrimas y se dio la vuelta poco a poco, aún sostenida del tronco del árbol.
Echó un vistazo a esa casa, cuyo estilo arquitectónico le resultaba tan familiar, y el dolor en el pecho llegó a ser tan fuerte que ya casi no lo sentía.

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