Luna llevaba un elegante traje sastre de alta costura que resaltaba su figura esbelta. Su largo cabello castaño claro caía en ondas, y avanzaba con paso firme sobre unos tacones de aguja. Ladeaba ligeramente la cabeza para darle instrucciones a su joven asistente, irradiando por completo el aura de una poderosa ejecutiva.
La Luna de ahora, en definitiva, tenía con qué volver loco a cualquier hombre.
En cuanto Luna terminó de dar indicaciones, volteó y su mirada chocó sorpresivamente con la de Bárbara, que seguía de pie en la entrada.
Se detuvo en seco y frunció ligeramente el ceño.
Nunca imaginó que Bárbara fuera a presentarse en las oficinas, o al menos, no pensó que fuera a actuar con tanta rapidez.
Sin embargo, no tardó en recuperar la compostura.
¡Llevaba cinco años hundida en la depresión tras la pérdida de sus hijos y había dejado botada la empresa! Hacía mucho tiempo que ya no había lugar para Bárbara en Joyería YAH.
Con ese pensamiento en mente, retomó el paso y caminó hacia las puertas.
Al verla acercarse, los dos guardias cambiaron de inmediato su actitud y, mostrando una sonrisa aduladora, la saludaron:
—¡Señorita Milanés!
Luna los miró fijamente.
—¿Qué está pasando aquí?
Uno de los guardias rio de forma incómoda y le explicó:
—Señorita Milanés, lo que pasa es que esta señora quiere entrar al edificio y apenas estamos confirmando su identidad.
Al escuchar eso, Luna no dijo ni una palabra, solo se giró para mirar a Cecilia, su asistente.
Cecilia era su mano derecha, así que captó el mensaje con una sola mirada.
—¿A poco esta señora es del medio? —preguntó Cecilia dando un paso al frente. Escaneó a Bárbara de arriba a abajo con desprecio, sin molestarse en ocultar su tono burlesco—. Señora, esta es una de las empresas joyeras más importantes del país, ¿no se habrá equivocado de lugar?
Bárbara observó a Cecilia con frialdad.
¿De verdad Luna creía que con eso iba a intimidarla?
Bárbara ignoró por completo a Cecilia, miró a Luna a los ojos, y con una sonrisa sarcástica, le advirtió:
—Luna, el perro que muerde la mano de su dueño tiene que atenerse a las consecuencias.
El rostro de Luna se tensó.
***
Originalmente, la alianza de Bárbara como socia mayoritaria con los otros tres accionistas le daba el poder absoluto para echar a Luna de la empresa.
Sin embargo, había subestimado por completo el nivel de favoritismo de Abel hacia ella.
¡Abel le había transferido a Luna un diez por ciento de sus acciones!
Y el traspaso se había realizado cinco años atrás.
Así que no solo se había convertido en accionista, sino que, amparada bajo la protección de Abel, se había dedicado a despedir a todo el personal que Bárbara había contratado y capacitado con sus propias manos.
Esa empresa que había levantado desde cero se había convertido ahora en un vil trofeo para Luna.
Bárbara apretó tanto los documentos de las acciones que sus nudillos se tornaron blancos.
La sala de juntas estaba en absoluto silencio, sumergida en una atmósfera tensa.
Los tres socios se volteaban a ver unos a otros desde sus asientos, sin entender nada de lo que estaba pasando.
Luna se puso de pie y observó a Bárbara con ínfulas de ganadora.

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