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La “Pobre” Me Robó al Marido romance Capítulo 2

En aquel entonces, todos sus amigos en común la envidiaban y decían que hasta la última hebra de su cabello lucía perfecta.

Sin embargo, después de que los mellizos fallecieron, toda esa perfección se había hecho pedazos.

Sus dedos temblorosos rozaron sus mejillas hundidas. Bárbara se puso en cuclillas, abrazó su cuerpo delgado y, sin poder contenerse más, rompió en llanto.

Esa noche, Bárbara empezó a arder en fiebre. En sus sueños volvió a ver a sus hijos.

Los mellizos, a los que solo les faltaba una semana para nacer a término, habían fallecido en su vientre por culpa de un secuestro.

En los sueños de Bárbara, habían crecido poco a poco hasta cumplir los cinco años.

El niño se parecía mucho a Abel, y la niña a ella.

En el sueño, los dos niños le decían: «¡Mami, échale ganas y recupérate! ¡Aquí seguimos esperando para volver a ser tus hijos!».

Cuando Bárbara despertó, se dio cuenta de que estaba en el hospital. Viviana, la muchacha que le ayudaba en la casa, se había dado cuenta de que estaba enferma y la había llevado.

Después de estar tan grave y pasar una semana internada, Abel no apareció ni una sola vez.

Bárbara recordó la promesa de sus hijos en aquel sueño.

Fue una vez más al cementerio para despedirse por última vez de los niños.

Durante la siguiente quincena, Abel no la buscó ni volvió mucho por la casa.

Solo contestaba una llamada de Bárbara al día, y sus respuestas se limitaban a excusas secas: «Estoy ocupado», «No voy a llegar por ahora».

Ella sabía que Abel la estaba evitando a propósito.

Pero ya no iba a hacer más berrinches. Dejó las pastillas para dormir y siguió el consejo del doctor de hacer yoga para recuperar su salud.

Vació la que iba a ser la recámara de los niños, quemó todos los ultrasonidos de los mellizos y dejó de mencionarlos.

Los cambios físicos por el ejercicio se notaron rápidamente. Los síntomas de anorexia de Bárbara disminuyeron y su peso comenzó a subir poco a poco.

Cuando Abel notó su determinación por cambiar, la llevó personalmente a ver a un especialista para que le ayudara a mejorar su estado físico.

Después de dos meses de tratamiento, Bárbara logró llegar a los cuarenta y cinco kilos. La mirada muerta fue desapareciendo de sus ojos; aunque aún se veía delgada y pálida, ya era un gran avance.

Al instante siguiente, alguien contestó la llamada y la voz de aquel hombre tan conocido resonó:

—Estoy ocupado. Cualquier cosa, lo platicamos cuando llegue.

Bárbara escuchó esa voz salir de su celular y, al mismo tiempo, provenir de la vuelta del pasillo a sus espaldas.

El tono del hombre fue muy seco, y sin darle oportunidad a Bárbara de decir otra palabra, colgó la llamada.

Bárbara se quedó plantada en su lugar, atónita.

Esa actitud fría y evasiva la hizo sentir desorientada, como si la armonía y el cariño de los últimos tres meses no hubieran sido más que un sueño.

—Davito, ¿qué te parece si papá te lleva a que te inyecten primero?

Esa voz tan familiar siguió escuchándose detrás del pasillo, pero esta vez sonaba tierna, sin rastro de la frialdad que había mostrado por teléfono.

Bárbara apretó el celular con fuerza y se dio la vuelta con movimientos torpes para acercarse lentamente hacia donde provenían las voces.

Ahí estaba su esposo, el mismo que supuestamente andaba de viaje de negocios en el extranjero. Estaba sentado de espaldas en una de las bancas de espera, y sostenía en sus brazos a un niño que llevaba un parche para la fiebre en la frente...

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