Era la zona más exclusiva de Clarosol, donde era imposible conseguir casa. Su nido de amor con Abel, «Villa Costa Azul», estaba en el Sector A, y esa residencia, llamada «Jardines de Esmeralda», estaba en el Sector B.
Lo único que separaba ambas propiedades era una de las calles principales de la privada, de apenas un kilómetro de distancia.-
Así que Abel y Luna habían armado su vida allí a escondidas, y hasta habían tenido un hijo, ¿no?
Quién sabe cuánto tiempo llevaban así.
El niño tenía cinco años. Eso significaba que durante esos cinco largos años en los que ella estuvo atrapada en la depresión por la muerte de sus bebés sin poder salir adelante, Abel se la había pasado a sus espaldas viviendo la felicidad y el calor de una familia junto a Luna.
Abel ya tenía un nuevo hogar y un hijo nuevo. ¿Qué iban a importarle a él esos mellizos que habían muerto en aquel incidente?
Bárbara se subió al coche de nuevo y cerró la puerta.
Sentada en el asiento, agarró su celular como en un acto de masoquismo y volvió a marcarle a Abel.
No contestó a la primera, así que marcó una segunda vez...
Ni siquiera recordaba cuántas veces le había llamado. Parecía que volvía a perder el control como en los últimos cinco años; marcándole a Abel una y otra vez, aunque sabía que él no iba a contestar, seguía apretando el botón de llamar sin parar.
Hasta que cayó la noche y el teléfono se apagó por falta de batería, resbalándosele de las manos.
Bárbara parpadeó, con los ojos hinchados y adoloridos, dejando caer un par de lágrimas más.
Las luces de las casas del fraccionamiento se encendieron, iluminando el interior oscuro de su coche.
Como si presintiera algo, Bárbara levantó la vista hacia lo que sería la recámara principal en la planta alta.
A través de las cortinas del ventanal, alcanzó a distinguir a duras penas un par de siluetas abrazadas...
Bárbara apretó los labios con fuerza, tratando de calmarse con todas sus ganas, pero la barbilla no le dejaba de temblar.
Sentía que le estaban apuñalando el corazón sin piedad. Aquel dolor insoportable se mezclaba con la desesperación. ¡Estaba a punto de volverse loca!
Extendió la mano para agarrar la manija y abrir la puerta, pero en ese mismo instante, vio los resultados del ultrasonido en el tablero.
Las palabras que sus mellizos le habían dicho en el sueño hicieron eco en su cabeza.
Al final, soltó la manija.
¿Cómo iba a estar sufriendo Abel?
Él se la pasaba a todo dar disfrutando de la vida familiar con ellos, y cuando volvía a casa a verla, de seguro pensaba que solo era una histérica armando berrinches sin motivo.
La verdad es que desde el momento en que él se empezó a escudar en el trabajo y los compromisos para no regresar a casa, ya había señales de sobra; solo que ella estaba ciega.
Al recordar a ese niño, Bárbara sintió una punzada horrible en el corazón.
¡Sentía tanta rabia por la injusticia que vivieron sus hijos!
El coraje y el odio hacia Abel habían tocado su límite tras toda una noche de darle vueltas. Así que, con frialdad en su voz, Bárbara soltó:
—Isabella, me voy a divorciar. Abel es el culpable, y quiero dejarlo en la calle.
—¡¿Qué?! —Isabella tartamudeó del otro lado de la línea por el impacto—. ¡¿El señor Ramos tuvo la culpa?! ¡¿Él... te engañó?! Ay, no manches, ¿es en serio?
—Luna y él han estado viviendo juntos a mis espaldas, ¡hasta tuvieron un hijo! —Bárbara hizo una pausa y luego retomó la palabra con la voz ya cortada por el llanto—: Isabella, ese niño cumple cinco años... tiene la misma edad que mis bebés.

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