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La “Pobre” Me Robó al Marido romance Capítulo 1

Una noche de verano, en la penumbra de la recámara principal, el gran colchón se hundía profundamente.

Las cortinas ondeaban atrapando la pálida luz de la luna, las respiraciones se entrelazaban y las siluetas oscilaban.

El hombre había bebido y no estaba de humor para sutilezas; sus movimientos eran bruscos, casi violentos.

Bárbara Noriega cerraba los ojos, soportando las acciones del hombre.

—Barbie, abre los ojos y mírame.

De pronto, el hombre le sujetó la barbilla. En medio del dolor, escuchó su voz ronca y cargada de una ligera furia desde arriba.

Bárbara abrió los ojos lentamente.

Un rayo de luna caía justo sobre el perfil afilado del hombre.

Bárbara se sintió un poco desorientada.

Hacía un mes que habían terminado discutiendo en el cementerio.

Aquel día era el aniversario luctuoso de sus mellizos, pero el hombre solo soltó con frialdad: «Estoy muy ocupado para acompañarte en tus locuras». Después de irse, no había vuelto a casa en todo un mes...

Un dolor repentino en la clavícula la sacó de sus pensamientos. Bárbara se topó con la mirada oscura y profunda del hombre.

—Concéntrate —dijo él con voz áspera, y su enojo pareció aumentar.

Las pestañas de Bárbara temblaron y sintió un nudo en la garganta.

—Abi... —Levantó la mano y, con sus dedos helados, acarició el ceño fruncido del hombre mientras su voz se quebraba—: Vamos a tener otro bebé.

El hombre se detuvo. Sus ojos negros, llenos de deseo, la miraron fijamente.

—Barbie, ¿hablas en serio?

Bárbara guardó silencio, rodeó el cuello del hombre con los brazos y levantó la cabeza para besarle los labios...

Él entrecerró la mirada, hundió sus dedos largos entre el cabello de ella y la sujetó con fuerza por la nuca.

En el instante en que los labios de Bárbara lo tocaron, el hombre entreabrió su boca. Su aliento era ardiente, pero su voz sonó helada:

—Bárbara, ¿cuánto tiempo llevas sin verte bien en un espejo?

Bárbara se quedó paralizada y abrió los ojos.

Desde el piso de abajo se escuchó vagamente el ruido de un motor.

Abel se había ido otra vez.

En medio del silencio de la habitación, Bárbara jaló las sábanas para cubrir su cuerpo escuálido.

Se puso de lado. La luz de la luna bañó su espalda, iluminando cada vértebra que sobresalía. En efecto, no era el cuerpo de alguien capaz de ser madre.

Llevaba cinco años atrapada en una pesadilla interminable. Se había vuelto dependiente de los medicamentos, y cada día vomitaba más comida de la que lograba digerir. Con una estatura de un metro setenta, apenas pesaba cuarenta kilos.

Bárbara se apoyó lentamente en la cama para levantarse, apartó las sábanas y entró al clóset.

Se paró frente al espejo de cuerpo entero y se observó.

Incluso la pijama de talla más chica le quedaba gigante. Estaba demacrada, con las ojeras hundidas y la mirada muerta.

Pasó sus dedos temblorosos por su cabello seco y maltratado.

En el pasado, Abel le había dicho que le encantaba su cabello largo; hasta los productos que usaba eran hechos a la medida y traídos del extranjero por él mismo.

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