Al día siguiente.
Erika se arregló y desayunó con los niños, como de costumbre.
Después, las niñeras y el chofer los llevaron al kínder.
Ella se dirigió a las oficinas de Tiempo Efímero.
Nada más entrar a su oficina, se dio cuenta de que la mesita de centro y su escritorio estaban repletos de sus flores favoritas.
Había tantas que casi ni se veía la madera del escritorio.
Todo el cuarto olía a un perfume dulce y fresco.
—Erika, te traje café —anunció Amelia con tono alegre tras tocar la puerta.
Entró a toda prisa y dejó la taza con cuidado sobre la mesa.
Erika señaló las flores, confundida:
—¿Y todo esto?
Amelia frunció el ceño y le contestó:
—No tengo idea, Erika. Cuando llegué en la mañana, ya estaba así. Nadie me supo decir quién las mandó.
Mientras Erika buscaba alguna tarjeta entre los ramos, le pidió:
—Checa en recepción, por favor.
Amelia asintió:
—Claro, Erika, ahorita voy.
Unos minutos después, Amelia regresó corriendo.
—Erika, en recepción me dijeron que en cuanto abrieron, llegaron los de la florería. Dijeron que el pedido era para la dueña del coche deportivo color champán. Y bueno... aquí la única que maneja ese coche eres tú.
¿Ricardo?
Erika frunció el ceño. Aparte de él, no podía ser nadie más.
Aún no había tenido tiempo de ir por el carro...

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