Al ver a Ricardo alejarse, Erika echó un vistazo a la calle.
La parada de taxis estaba abarrotada; incluso había gente discutiendo por ganar un vehículo.
Por el otro lado, los autobuses pasaban tan llenos que la gente iba apretada contra las ventanas.
Suspiró ligeramente, sacó su celular y comprobó que apenas le quedaba un 3% de batería.
Mientras la desesperación la consumía, el rugido ensordecedor del motor de una motocicleta retumbó a su lado.
—Póntelo y súbete —le indicó él.
Erika no tuvo tiempo de mirarlo a él ni a la moto. Tomó el casco rápidamente, se lo puso y montó en la parte trasera.
—Pásame la ubicación por WhatsApp y pongo el GPS. Llegaremos rápido.
Erika desbloqueó la pantalla, escaneó el código y le mandó la ubicación.
Una vez listo, Ricardo ordenó:
—Si no quieres salir volando, agárrate fuerte de mi cintura.
Erika se quedó callada.
Aunque no le hacía gracia la idea, terminó obedeciendo.
Tal como él había prometido, la velocidad era aterradora. Era la primera vez que Erika se subía a una motocicleta, pero en ese momento lo único que ocupaba su mente era llegar rápido a la casa de Adrián. El miedo pasó a segundo plano.
La moto rebasaba con maestría entre los autos a toda velocidad.
Sin embargo, al llegar a una intersección, se toparon con un semáforo en rojo que duraba una eternidad.
Ricardo alzó un poco la voz a través del casco:
—Por más prisa que tengas, noventa segundos no hacen la diferencia, a menos que seas un médico de urgencias.
Erika no respondió. En cuanto la moto se detuvo, soltó la cintura de Ricardo y se quedó sentada con la mirada perdida.
De repente, la voz del joven se escuchó más clara, y no parecía estar dirigiéndose a ella.

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