Diego armó todo un drama de víctima incomprendida y le dio largas un buen rato.
No paró hasta notar que Otto finalmente se había tragado el cuento.
—Bueno, Otto, te dejo trabajar —se despidió—. Tengo que volar de regreso a la oficina. Si me tardo más, me va a tocar regaño y me descuentan del bono.
Otto lo acompañó cortésmente a la salida. En cuanto Diego desapareció por el pasillo, cerró su puerta con seguro.
Sacó su celular y marcó el número del vicepresidente, Gael Domínguez.
—Señor Domínguez, ya está todo claro. No es que a mí me falte capacidad, es que el mismísimo señor Ramírez se apoderó del proyecto del «Club Caramelo». Y ya le tomé el pulso al tal Diego, ese tipo es lealtad pura. Así que, usted dirá...
Al otro lado de la línea, la voz sonó gélida:
—Dejemos esto para después. Así quedamos.
Otto miró la pantalla al colgar, sacudiendo la cabeza con un largo suspiro.
***
En la oficina de Valerio.
Diego acababa de regresar y, de pie junto al escritorio, le reportó la situación:
—Señor Ramírez, tal como usted sospechaba, me buscó para hablar sobre el contrato del «Club Caramelo». Es evidente que ese Otto está coludido con el vicepresidente...
Valerio soltó la carpeta que leía y ordenó con tono profesional:
—Desde que se lanzó la compra de DC Entretenimiento, Gael ha estado moviendo sus piezas. Yo ya tuve algunas charlas en privado con los socios mayoritarios. Pero necesito evidencias contundentes. De ahora en adelante, aparte de monitorear a los Lozano, pasa tus pendientes a los demás asistentes y enfócate en seguir de cerca a Gael. Pero ojo, sé muy discreto. Tu único objetivo es conseguir pruebas.
—Entendido, señor Ramírez —respondió Diego con gran respeto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón