Erika sintió un nudo en la garganta y caminó a paso rápido hacia ellos.
—¿Qué pasó? —Erika apenas pudo articular la pregunta antes de que las lágrimas empezaran a caer.
Adrián ni siquiera levantó la cabeza; se quedó en la misma posición y solo negó con un ligero movimiento.
Martina se acercó y le palmeó el hombro a Erika en un intento de consuelo, sin decir una sola palabra.
Erika se acercó despacio a la banca donde estaba sentado el padre de Adrián.
Le acarició la espalda con suavidad para intentar reconfortarlo.
—Señor, por favor, tenga mucha fe, no se me rinda...
Erika no sabía ni qué decir. En una situación tan crítica con un ser querido, era imposible no sentir que el mundo se venía abajo.
El señor no respondió; mantenía la mirada perdida en el piso.
Los cuatro se quedaron esperando afuera de urgencias en un silencio denso y abrumador.
Media hora después, el médico salió finalmente por las puertas dobles.
Adrián intentó pararse varias veces y tuvo que apoyarse en la pared para lograr ponerse de pie.
—La paciente ya está fuera de peligro por el momento, pero... como familiares, les sugiero que se vayan preparando para lo peor —dijo el doctor.
Tras darles la noticia, el médico y las enfermeras se retiraron por el pasillo.
El rostro de Adrián estaba pálido como el papel. Solo pareció reaccionar un poco cuando las enfermeras sacaron a su madre en la camilla.
Erika se acercó a Martina y le susurró al oído:
—Ve con Adrián, yo me quedo cuidando a su papá.
Martina asintió y respondió igual de bajito:
—Sí, me parece bien. Ahorita Adrián está muy vulnerable, es mejor que no le des falsas esperanzas ni muestras de cariño excesivas.
Para cuando Erika por fin pudo salir del hospital, ya era muy tarde en la noche.
Apenas llegó a su lugar en el estacionamiento cuando escuchó que las puertas del elevador se abrían cerca de ahí.
Casi por instinto, Erika volteó a ver.

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