Leonardo continuó:
—Eri, puedo regresar a hacerme cargo de la empresa de mi familia. Con este estudio y lo que tenemos ahora, nos alcanza para pagar la indemnización.
A Erika se le llenaron los ojos de lágrimas, y con los labios temblorosos, murmuró:
—De ahora en adelante, eres mi familia.
Leonardo, con las manos en los bolsillos del pantalón, bromeó:
—¿Qué pasó? ¿Tengo que hacerte un favorzote para que me digas eso?
Ella soltó una carcajada, se limpió las lágrimas de los ojos y dijo con la voz entrecortada:
—La verdad, ya me cansé de esconderme todos estos años. Cada vez que llevo a los niños al parque, a los juegos o a cualquier lado, salgo en las fotos toda tapada. Ni siquiera me atrevo a llevarlos yo misma a comer a un restaurante. Todo mi rastro de información usa tus datos, o Adrián y Martina me ayudan a ver cómo le hacemos. A todos los que me rodean les he causado puros problemas...
Al decir esto, la emoción la desbordó un poco más. Reprimió las ganas de llorar, respiró hondo y continuó:
—Después, cuando junté un poco de dinero, pensé en llevármelos del país... pero imaginar lo que se siente irse así, es como si estuviéramos huyendo. Si hiciera eso, seguro me sentiría mal toda la vida. Así que, ya tomé una decisión...
Erika miró a Leonardo con una sonrisa amarga en los labios:
—Decidí que ya no me voy a esconder.
Leonardo sintió un nudo en el estómago. Miró a Erika a los ojos y le preguntó con mucho cuidado:
—Eri, dime la verdad, ¿él te llegó a maltratar? No sé, golpearte o...
Erika negó con la cabeza:
—Yo creo que solo sentía que lo traicioné y no pudo soportar el coraje.
Leonardo frunció el ceño:

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