La tarde pasó volando. Poco antes del anochecer, mucho antes de que llegara el grupo de amigos de Valerio a la Mansión Ramírez, Erika reunió a todos los empleados de la casa. Señalando un uniforme de servicio y un mandil que reposaban sobre la mesa, les habló con un tono muy amable:
—Como todos ustedes saben, el señor Valerio y yo mantuvimos nuestro matrimonio en secreto. Las personas que vienen a cenar esta noche son importantes, así que durante el asado, frente a ellos voy a pasar por una empleada más. Por favor, quiero que todos me llamen solo “Eri”. Tengan mucho cuidado de no equivocarse.
Los empleados se voltearon a ver entre sí, un poco sacados de onda, pero todos asintieron.
A excepción de Sofía, para el resto del personal la situación no era nada nueva, pues en el pasado las cosas se habían manejado de manera similar.
Aunque Sofía tenía miles de dudas, sabía que su trabajo consistía en obedecer las reglas de la casa, así que solo asintió junto a los demás.
Sin embargo, apenas rompieron filas, la cuidadora buscó a Erika para advertirle a solas:
—Señora... hace poco tuvo un sangrado y apenas viene regresando del hospital. Por ningún motivo se puede andar matando de cansancio allá afuera.
Notando la gran preocupación de su enfermera, Erika le sonrió para tranquilizarla:
—Lo sé, prometo tener mucho cuidado.
Sofía, en tono respetuoso, agregó:
—Muy bien, señora. Los ingredientes de su comida especial ya están casi listos, en cuanto terminen de preparárselos se los subiré directo a la recámara.
—De acuerdo.
Justo en ese momento, Isabel venía bajando por las escaleras.
Erika levantó la mirada y, al fijarse bien en la ropa que traía puesta su hermana, no pudo evitar fruncir el ceño.
Isabel llevaba puesto un vestido de gala, de esos que Erika usaba únicamente para asistir a recepciones súper elegantes y exclusivas.
Si estaban en su propia casa y además iban a comer en una carne asada, ¿qué necesidad había de no usar ropa cómoda?
—Isabel, ¿de verdad te sientes a gusto con eso puesto? Si hasta te tienes que fajar.
Isabel sacudió la mano restándole importancia al asunto:
—La belleza cuesta, hermanita. Tú solo dime la verdad: ¿A poco no me veo espectacular?
A Erika le quedó muy claro que no lograría hacerla cambiar de opinión. Soltó una risita y asintió.

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