Al día siguiente.
En cuanto Erika bajó las escaleras, su atención se centró de inmediato en María, quien ya andaba muy ocupada limpiando la sala.
María estaba inclinada, pasando el trapo sobre los muebles con sumo cuidado.
Volver a verla llenó a Erika de cariño y nostalgia.
Aceleró el paso, casi corriendo hasta llegar al lado de María. La emoción era tanta que apenas podía contenerse.
Le temblaron un poco los labios antes de llamarla, con un nudo en la garganta.
—¡María!
Erika era una persona que nunca olvidaba un favor, y el trato tan amable y atento que María le había brindado siempre se había quedado grabado en su corazón.
Por eso, al verla de imprevisto, sintió que la casa entera recobraba un poco de vida.
Y lo más importante: sentía que por fin tendría a alguien con quien platicar de verdad.
Al escuchar su nombre, María volteó despacio y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
Levantó el rostro, observando a Erika con la vista borrosa por el llanto, y con voz entrecortada le dijo:
—¡Señora! ¡De verdad regresó! Cuando me lo contaron las muchachas no me lo podía creer, pero tampoco quería interrumpir su descanso, así que mejor me puse a hacer el quehacer aquí abajo mientras la esperaba.
Erika le tomó las manos con fuerza, y las lágrimas no tardaron en resbalar por sus mejillas.
—María... pediste muchos días de permiso, ¿estás bien de salud? ¿Te sentías mal?
Mientras hablaba, Erika la escudriñaba de pies a cabeza para asegurarse de que no le doliera nada.
María le dio unas suaves palmadas en el dorso de la mano.
—Estoy bien, mi niña. Fueron unos asuntos familiares los que me retuvieron un poco más de tiempo.
A su vez, María la observó con detenimiento. Echó un vistazo rápido alrededor para comprobar que estuvieran solas y bajó la voz:
—Señora, la tal Sofía es una cuidadora prenatal... Entonces, el señor Ramírez ya sabe que está embarazada, ¿verdad?

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