—¿Qué pruebas tienes para asegurar que yo tengo pruebas?
Su pregunta salió como un soplo sutil, con una serenidad pasmosa.
Y sin embargo, no supo explicar por qué.
Aquella frase le dolió como un golpe directo.
La imagen de él defendiendo a Lorena comenzó a darle vueltas en la cabeza sin parar.
Eso incluía lo que pasó allá abajo, cuando le exigió que ella subiera primero.
Seguro que, al segundo siguiente, su actitud frente a Lorena fue completamente distinta.
El muy infeliz no solo fingía con ella, todo apuntaba a que también fingía con Lorena.
Solo que la actuación que le dedicaba a ella era una comedia de puro amor y romance superficial.
Mientras que su teatrito frente a Lorena consistía en una frialdad y rigor aparentes.
Pero al final de cuentas, ¿a quién estaba protegiendo de verdad?
Ese "¿qué pruebas tienes para asegurar que yo tengo pruebas?" había sonado magistral.
Era idéntica a la excusa barata que pone cualquier delincuente para zafarse: "¿Acaso tienes pruebas?".
En su fuero interno, Erika reía a carcajadas de amargura.
¡Valerio lo sabía con certeza, estaba al tanto de que toda su desgracia era obra de Lorena!
Y aún así, continuaba defendiéndola.
¡Incluso ante la evidencia de un delito, estaba dispuesto a encubrirla a toda costa!
Un torrente de asco y dolor abrumó a Erika al extremo; el pecho se le contrajo de golpe, desatando un malestar que amenazaba con cortarle la respiración.
Un enorme nudo se le formó en la garganta.
Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas sin que pudiera contenerlas.
Sus labios temblaron, y, al abrirse paso su voz rota, apenas si logró articular:
—Valerio, ya sé que jamás me amaste, y me queda claro que nunca te parecí digna de ser tu esposa, ¡pero tampoco tienes por qué ser tan maldito como para tratarme como un cero a la izquierda! Tú sabías perfectamente bien que ella me hundió, ¡¿por qué no la entregaste a la policía?!
Al verla llorando desconsolada, Valerio frunció las cejas con fuerza.

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