Martina lo había visitado un par de días antes. En ese momento él recién salía de terapia intensiva, por lo que aún no tenía energía para hacer rabietas. Tampoco terminaba de creerse el cuento de que había perdido la memoria y de que, en efecto, ya tenía veintiocho años.
—El universo no tiene tiempo para andarte haciendo bromas —le soltó Martina al entrar con un six de cervezas en la mano. Para evitar que algún médico o enfermera la descubriera tomando en el cuarto, se apuró a ponerle el seguro a la puerta.
Víctor se quedó mirándola con cara de no poder creerlo.
—¡¿De verdad yo era tu mejor amigo?! ¡No manches, entre más viejo me hago, peores gustos tengo!
A Martina le dio flojera ponerse a discutir con él. Dejó el six sobre la cama desocupada de a lado, se sentó ahí cruzando las piernas, destapó una cerveza y le dio unos buenos tragos.
—¡Ah, qué buena está!
Víctor frunció el ceño.
—¿Lo haces a propósito o qué?
—¿Se te antojó?
—Ni loco, yo sí aprecio mi vida.
—Haces bien.
Martina le dio otros tragos más largos, meciéndose de un lado a otro para saborear lo fresca que estaba.
—Víctor, ¿cómo es que de repente ya no eres tú? —murmuró Martina, mirándolo fijamente con un arranque repentino de nostalgia—. Él no solo era un amigo... era como el hermano mayor que siempre quise tener. Ya devuélvemelo, ¿sí?
Víctor se quedó perplejo. Él sabía perfecto que era una basura sin ningún tipo de moral, capaz hasta de meterse con la novia de su mejor amigo. Sin importar qué edad tuviera, nunca iba a cambiar; siempre sería el mismo imbécil.
Pero ahí estaba una mujer que decía que era una buena persona, que lo trataba como a un hermano, que se tomaba el tiempo de ir a visitarlo al hospital y de desahogar sus broncas con él.
—¿Pues qué demonios te dio a tomar ese güey para tenerte así? —soltó Víctor sin poder evitarlo.
Martina le puso los ojos en blanco antes de soltar un suspiro.
—¿Quieres que te cuente nuestra historia?
Víctor se quedó callado un momento.
—Simón, échala. Nada más no me vayas a salir con tus novelas dramáticas que esas cosas me dan asco.
—¿Dramáticas? —Martina lo pensó un poco—. La verdad es que sí está medio de telenovela.
—Ah, entonces mejor ni me...
—La primera vez que nos vimos, te pregunté si te querías acostar conmigo.
Víctor se quedó mudo.
¡Eso no era drama de telenovela, era una bomba!
—¿Adivina qué me contestaste?
—Que no eres mi tipo —respondió Víctor casi por puro instinto.
Martina asintió.
Víctor se llevó una mano al corazón. Él había creído que la historia se trataba del héroe que rescata a la damisela perdida, pero resultó que nada más se habían ido a hundir juntos en la mierda.
Sin embargo, echó a volar la mirada sobre Martina y le pareció que ella tenía una vibra bastante inocente. Definitivamente no lucía como esas chavas de los barrios pesados.
—¿Me vas a decir que así andabas arreglada cuando te ibas de desmadre conmigo?
Martina se agachó para mirarse la ropa.
—En ese entonces yo usaba puras blusitas de tirantes y minifaldas. Traía el cabello parado de mil colores y me pintaba toda darks; le metí un susto a más de uno en la madrugada.
Víctor se quedó en silencio por un largo rato antes de soltar:
—¿Y entonces qué te picó para pasar de ese extremo a verte tan fresita?
—Me cambié el look para poder conquistar al prometido de mi hermanita.
A Víctor casi le da un infarto cerebral con esa respuesta.
—¿Toda la vida hablas así sin pelos en la lengua o qué onda?
—Tú no te me quedas atrás. A tu lado yo soy una santa.
—¿P-pues ahora qué chingados se supone que hice?
—No hiciste la gran cosa; nomás te acostaste con la mujer de un pez gordo del bajo mundo y sus guaruras te querían filetear con unos machetes. Después, cuando estuviste estudiando la universidad en el extranjero, te revolcaste con la mitad de las chavas de tu facultad hasta que te armaron una huelga para que te expulsaran. Luego andabas aburrido de la vida y se te ocurrió armar una pandilla criminal, pero te agarraron a la primera noche, te abrieron un expediente y casi te deportan de regreso al país. Aunque nada de eso importa. Lo importante es que un día te enamoraste perdidamente de una mujer, la amaste con locura, y fue por ella que decidiste dejar atrás todas tus pendejadas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...