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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 998

—¿Ya estás contenta?

En los ojos de Martina brilló un destello de locura mientras desviaba la mirada hacia Rubén.

—¿Y tú? ¿No crees que lo que hiciste es motivo suficiente para ponerte de rodillas?

—Tu mamá ya está hincada. ¿A poco también me vas a hacer arrodillar a mí?

—¿No quieres? —Martina volvió a alzar el celular.

Rubén soltó un bufido de frustración y, de mala gana, se arrodilló.

Luego, Martina volteó hacia Alicia.

—¿Y qué hay de ti?

—¡Ni en tus sueños!

—¿Ah, sí? —Martina entrecerró los ojos.

Alicia iba a protestar de nuevo, pero Rubén la agarró con fuerza del brazo y la jaló hasta tirarla al piso de rodillas.

—¡Ya te había dicho que te aguantaras!

Y así estaban los tres, arrodillados uno al lado del otro frente a ella. Al verlos, Martina comenzó a reír. Soltó carcajadas estruendosas hasta que casi le faltó el aire.

—¡Jaja, por fin se humillaron ante mí!

—¡Ahora sí saben lo que es equivocarse!

—¡Deberían verse, parecen un trío de payasos!

Martina sabía que había perdido la cordura; ellos mismos la habían orillado a volverse loca.

—Ya hicimos lo que pediste y estamos de rodillas. ¡Si no nos ayudas, juro que te mato y después me doy un tiro! —amenazó Rubén, con una mirada retorcida y oscura.

Martina negó con la cabeza.

—Antes me daba igual estar viva o muerta, pero ahora ya le agarré el gusto a la vida.

De repente se había dado cuenta de que seguir respirando tenía su lado divertido.

—Hablaré con Romeo después de la boda de mañana —prometió Martina.

Rubén todavía la miraba con desconfianza.

—¿Me das tu palabra?

Era lo mejor para los dos; una forma de ser responsables con lo que una vez sintieron.

Aun así, era inevitable sentir un hueco en el pecho.

En lugar de irse a su casa, Martina fue al hospital. Víctor Crespo ya estaba fuera de terapia intensiva y, cuando ella entró a su cuarto, lo encontró hablando por celular.

—¿Ah, chingá, o sea que ya no somos amigos?

—¿Y ahora por qué? ¡Yo siempre te consideré como un hermano, y tú sales con estas estupideces de que ya no me quieres hablar!

—¡No digas pendejadas! ¡¿Cómo crees que yo me iba a acostar con tu novia?!

—¡Ni que fuera la gran cosa una vieja! ¡Eh, güey! ¡A la chingada, todavía se atreve a colgarme!

Víctor, furioso, levantó el teléfono para estrellarlo contra el suelo, pero de pronto se detuvo a pensarlo.

—La Quintero me advirtió que este era el último celular que me iba a comprar; si lo rompo, me quedo sin nada.

Después de soltar unas cuantas maldiciones más, se contuvo y simplemente arrojó el aparato sobre la cama.

—¡Debe ser una maldita broma! ¡Apenas cumplí dieciocho, me fui a dormir y ahora resulta que tengo veintiocho! ¡¿Quién demonios me va a devolver mis diez años perdidos?!

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