Una vez curada la herida, Carlota les pidió a los adultos que se fueran a la sala.
—Ustedes tres quédense allá, lo ponen muy nervioso.
Al ver a Carlota actuando como toda una adulta, cubriendo a Enzo con su cuerpecito y haciéndoles señas para que se retiraran, Isabella no pudo evitar pellizcarle la mejilla.
—Te voy a corregir un detalle, mi amor. Enzo es cuatro meses menor que tú, así que no es el niño grande, es tu hermanito menor.
Al escuchar eso, Carlota abrió los ojos de par en par.
—¡Guau, resulta que tengo un hermanito!
—Si él acepta llamarte hermana mayor, entonces sí —sonrió Isabella.
—¡Yo lo voy a cuidar muy bien! —prometió Carlota, dándose golpecitos en el pecho.
Los tres adultos regresaron a la sala. Ya había anochecido. Víctor e Isabella pasarían la noche allí y al día siguiente regresarían a Nublario para buscar a la mujer.
Al notar que Víctor quería hablar a solas con Floriana, Isabella decidió no hacer mal tercio y subió las escaleras.
—¿Así que te fuiste del país de repente por culpa de ellos dos? —Floriana fijó su mirada en Víctor.
Víctor intentó acercarse un poco a ella en el sofá, pero ante la mirada gélida que le lanzó, no se atrevió a moverse y solo bajó la cabeza.
—Esa mujer me llamó de repente. Dijo que era mi exnovia y que me había dado un hijo. Me quedé helado. Con la amnesia, no tenía forma de saber si era verdad o mentira, así que la primera vez le colgué por inercia. Al poco tiempo volvió a llamar; dijo que tenía cáncer, que se estaba muriendo y que yo debía asumir mi responsabilidad como padre. Le volví a colgar. La tercera llamada fue de mi papá. Me dio una buena reprimenda, dijo que él sabía del asunto y me exigió que fuera de inmediato a traer al niño al país.
Al llegar a este punto, la voz de Víctor se había reducido a un susurro.
—Mi papá también me dijo que yo siempre supe de la existencia del niño, pero que nunca quise hacerme cargo, y que era él quien le enviaba dinero a esa mujer de vez en cuando para que pudieran sobrevivir.
Floriana frunció el ceño.
—Eres un desgraciado.
Víctor levantó la mano y se dio una bofetada a sí mismo.
—Ni yo mismo puedo creer que haya sido tan poco hombre.
—Y por eso te largaste sin decir una palabra.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...