Víctor se agarró la cabeza. —¡Qué clase de historia de terror me estás contando!
—¿A cuál parte te refieres? —preguntó Martina.
—¿A que de verdad llegué a amar a una mujer?
—Ah, y que luego le pusiste los cuernos.
—Ya no sigas, creo que no lo voy a soportar.
—Y luego se divorciaron.
Víctor se tapó los oídos, incapaz de seguir escuchando. Esa no era vida para un ser humano, ¡hasta un animal vivía mejor que él!
Después de lograr deprimir a Víctor, Martina siguió tomando, una cerveza tras otra, hasta que se puso bastante mareada.
—Víctor, pasado mañana me regreso a Canadá. Deberías venir conmigo.
Víctor negó con la cabeza. —Ahorita mi cerebro ya se atrofió, ya ni siquiera sé hablar inglés.
—¿Hasta eso se te puede atrofiar?
—Y no solo el idioma.
—¿Pues qué más?
—Esa función en específico.
—¿Ah, caray?
—Maldita sea, ahora tengo frente a mí a mujeres hermosas y mi cuerpo no reacciona para nada.
Martina no pudo aguantarse y soltó una carcajada.
—¡Eso es el karma!
Víctor se volvió a recostar y miró a Martina, que seguía riéndose de su desgracia. —Ya por fin entiendo por qué pude hacerme amigo tuyo.
—Sí, los dos somos una basura de personas.
Martina durmió de corrido hasta casi el mediodía, hasta que la enfermera la despertó.
—¡Señorita, no invente! ¿Cómo se le ocurre tomar alcohol en la habitación del paciente?
Martina todavía estaba medio dormida. Miró a Víctor, que ya tenía puesto el suero, y le preguntó: —¿Por qué sigues tomando?
—Tú mejor quédate aquí recuperándote. Cuando sanes, sepas inglés o no, te van a mandar a Canadá. Allá nos volveremos a ver.
Víctor frunció el ceño. —¿Y por qué me van a mandar lejos? ¿Quién se atrevería a enviarme a otro lado sin mi permiso?
Martina torció la boca. Estaba claro que el Víctor de dieciocho años aún no conocía los métodos de Jairo Crespo, pero pronto lo descubriría.
Después de que Martina se fue, llegó Isabella Quintero. Al verla entrar, Víctor se hizo el dormido de inmediato, pero un segundo después, le cayó un vaso de agua fría en toda la cara.
—¡Isabella, ¿estás loca o qué te pasa?!
Víctor abrió los ojos y fulminó con la mirada a Isabella mientras se limpiaba el agua de la cara. Si no estuviera herido y conectado al suero, le habría dado un buen golpe, sin importarle que fuera mujer.
Isabella lo miró con expresión glacial. —¿Subiste mi número de celular a una página porno?
Víctor sintió un momento de culpa, pero de inmediato mostró una sonrisa llena de sarcasmo.
—¿Ayer en la noche te debieron llamar varios, no?
Isabella entrecerró los ojos. —¿Hiciste eso nada más porque no te dejé contactar a una de tus noviecitas?
—¡También me prohíbes decir groserías, no me dejas insultar al doctor ni a la enfermera, no me dejas comer chatarra y no me dejaste pedirle el número a la paciente de al lado!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...