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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1184

El cuerpo de Víctor se tensó; hasta ese momento, ni siquiera se había percatado de la presencia de Enzo. Sintiendo una punzada de culpa, se asomó rápidamente a la cubeta del niño.

—Tú... tú también eres muy talentoso.

La frase salió torpe y forzada, pero logró que Enzo le dedicara una sonrisa tímida.

—Hermanito, vamos a ponerlos en una tina grande para que no se mueran.

Carlota se llevó a Enzo a la cocina en busca de la tina. Floriana los apresuró para que, en cuanto dejaran los peces, salieran a comer pizza.

—Mamá, ¿es la pizza de papaya que me gusta?

—Sí.

—¿Y la pizza de carne que le gusta a mi hermanito?

—También.

Carlota soltó una exclamación de asombro y se volvió hacia Enzo.

—La pizza de mi mamá es deliciosa, tienes que comer muchísimo.

Enzo no dijo nada, pero asintió con entusiasmo.

—Carlota adora a Enzo, y él confía mucho en ella —comentó Floriana, dejando su taza de té en la mesa. Tras una breve pausa, añadió—: Si no tienes ningún plan, entonces quédense aquí con él por un tiempo.

Víctor no esperaba que Floriana les permitiera quedarse. La sorpresa y la alegría lo invadieron de golpe.

—¿De verdad podemos quedarnos?

—Al fin y al cabo, el gran señor Víctor no necesita trabajar y tiene dinero para gastar tres vidas enteras. Así que quédate y pasa tiempo de calidad con el niño.

—De acuerdo, me quedo.

Ninguno de los dos habló del futuro ni intentaron etiquetar su relación; simplemente decidieron convivir de la manera más natural posible.

Víctor inscribió a Enzo en la escuela local para que acompañara a Carlota. Cada mañana y cada tarde, Enzo se sentaba en el pequeño kiosco de afuera, a veces por una hora, a veces por dos, con la mirada fija en el camino.

No volvió a mencionar a su madre, pero todos sabían que la estaba esperando para que lo llevara a casa.

Esa tarde, al regresar de la escuela, Enzo se sentó en el kiosco como de costumbre. Sin embargo, a diferencia de otros días, el sol casi se había puesto y él seguía allí. Floriana y Carlota salieron varias veces a llamarlo para cenar, pero se negó a moverse.

Cada vez que Víctor intentaba interactuar con él, la dinámica era la misma: si le preguntaba, no respondía; si le ofrecía algo, lo rechazaba; si intentaba aconsejarlo, lo ignoraba. Esta vez, la paciencia de Víctor llegó a su límite.

—Te juro que, aunque no fuera mi hijo y fuera de alguien más, me darían ganas de darle una paliza.

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