Víctor y Floriana se despertaron tarde a la mañana siguiente. Fue Carlota quien no pudo aguantar la espera y golpeó la puerta con insistencia hasta que logró sacarlos de la cama.
Como ya no había tiempo para preparar el desayuno en casa, Víctor los llevó en su bicicleta hasta una cafetería del pueblo.
Carlota siempre tenía buen apetito. Todo le parecía delicioso. Se comía los panecillos calientes a grandes bocados, acompañándolos con tragos largos de leche, y terminó su porción en un parpadeo. En cambio, el pequeño Enzo comía muy poco; daba mordiscos tan diminutos que pasaba un buen rato y apenas había avanzado.
Esto desesperó a Carlota.
—¡Hermanito, come rápido que vamos a llegar tarde!
Al escuchar que se les hacía tarde, Enzo dejó el medio panecillo que le quedaba y se apresuró a ponerse la mochila.
Carlota suspiró y tomó el panecillo por él.
—Te lo comes en el camino.
Víctor dejó a los niños en la escuela y compró algo para desayunar antes de regresar. Al llegar a la puerta de su casa, echó un vistazo casual hacia el quiosco cercano y se llevó un buen susto.
Entrecerró los ojos para enfocar la vista: había alguien recostado en la banca.
Era una mujer con el cabello revuelto y una maleta a su lado, luciendo como si acabara de huir de algún desastre.
Cuando salió de casa más temprano no había mirado en esa dirección, por eso no la notó.
Pensó que, de todos modos, no era asunto suyo. Le dio una última mirada y empujó la puerta para entrar.
Floriana seguía en la cama. Víctor la molestó un rato con cariños hasta que finalmente se levantó.
—Después de desayunar, iremos a la huerta. Los pepinos y los frijoles ya deben estar listos para cosechar.
Al principio, Víctor siempre se quejaba de que el trabajo en el campo no tenía fin, pero después de un par de días se había acostumbrado y hasta le entusiasmaba ir a la huerta.
Ambos desayunaban en el patio mientras conversaban sobre las vacaciones de verano que se acercaban; planeaban llevar a los niños a algún lugar divertido.
Justo cuando debatían el destino del viaje, la mujer despeinada entró arrastrando su maleta.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...