Víctor le colgó el teléfono en un arranque de frustración. Si seguían hablando, iba a tener que conducir hasta allá para partirle la cara a Jairo.
El cielo comenzaba a oscurecer, pero Víctor no fue capaz de esperar a que cayera la noche por completo; decidió entrar a buscar a Enzo. El niño estaba aferrado a la lápida, hecho un ovillito, como si de tanto llorar se hubiera quedado dormido buscando el consuelo del abrazo de su madre.
Víctor suspiró profundamente y se acercó a él.
—Vámonos, es hora de ir a casa.
A Enzo le sorprendió un poco que regresara, pero no tenía ganas de hacerle caso y volteó la cara hacia el otro lado.
Víctor resopló, lo agarró sin miramientos, se lo echó al hombro como si fuera un costal y empezó a caminar hacia la salida.
—¡Suéltame! ¡Hombre malo, bájame de aquí!
Enzo pataleaba y se retorcía con todas sus fuerzas, intentando resbalarse de su hombro.
Víctor le dio una palmada en el trasero.
—Quédate quieto. Cuando quieras volver, te traigo yo mismo.
—¡No quiero dejar a mi mamá! ¡No quiero!
—Tu mamá ya se murió, ahora es polvo. Pero te sigue cuidando desde el cielo. Solo si te portas bien, ella podrá descansar en paz.
Algo en esa frase tocó las fibras del pequeño. Dejó de forcejear, se agarró fuerte del cuello de Víctor y escondió la carita en la curva de su hombro.
Pensar que el niño que llevaba a cuestas era en realidad su hermano le resultaba bastante extraño. Justo cuando iba a apartarlo un poco, sintió una humedad cálida en el cuello. No hacía falta ser un genio para saber que eran las lágrimas de Enzo.
Soltó un pequeño suspiro, felicitándose a sí mismo por tener un corazón tan noble.
Cuando por fin llegaron al pueblo, pasaba de la medianoche. Víctor acostó a Enzo en su cama y le ordenó que se durmiera, porque al día siguiente tenía que ir a la escuela.
Al salir de la habitación, Floriana estaba parada en el pasillo.
—¿Dónde estabas...? ¡Mmm!
Floriana no pudo terminar la frase. Víctor la besó con una intensidad brutal, robándole el aliento de golpe. Ella alcanzó a darle un par de golpes en el pecho antes de que él cediera un milímetro para dejarla respirar.
Pero fue solo un segundo. La volvió a besar con urgencia, la levantó en brazos y la llevó directo a su habitación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...