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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1048

Al verlos, se sintió tranquila, así que bajó, se cambió de ropa y salió a comprar el desayuno. Para cuando regresó con la comida, el adulto y la niña ya estaban de vuelta del recorrido.

—Mamá, salir a correr en la mañana te despeja la mente de volada —dijo Carlota, radiante de energía.

Floriana ladeó la cabeza y miró a Víctor. Tenía unas ojeras gigantescas y una expresión de agotamiento absoluto. No se veía para nada despejado; más bien parecía un zombi al que se le había escapado el alma por la boca.

—¿Te quedaste jugando toda la noche?

Víctor soltó un largo bostezo.

—No, solo hasta como las tres de la mañana.

—Y apuesto a que fue porque se le acabó la batería a mi celular, ¿verdad?

—Es que la batería de ese aparato no dura nada.

Floriana resopló con sarcasmo y se sentó a la mesa junto a Carlota para desayunar.

Víctor cabeceaba mientras masticaba, a punto de quedarse dormido sobre el plato. Pero en cuanto escuchó a Floriana decirle a Carlota que se quedara jugando en casa porque ella iba a salir a buscar el equipaje robado, los ojos de Víctor se abrieron de golpe.

—¡Yo voy contigo!

Después del desayuno, Víctor y Carlota salieron de la casa acompañando a Floriana.

—Mamá, ¿vamos a ir a la casa del Señor Dante?

—Sí, vamos a echar un vistazo por ahí primero.

—¿Quién es ese tal Dante? —le preguntó Víctor a la niña.

Carlota lo pensó un segundo antes de contestar.

—Es un adulto, tiene la misma edad que tú.

—¿Y ustedes creen que fue él quien nos robó las maletas?

—Si fue él, entonces no se le puede llamar robo —aclaró Floriana.

—¿Entonces cómo se le llama?

—Se le llama "tomar prestado".

Víctor parpadeó, completamente confundido. No encontraba la lógica en esa frase por ningún lado.

—Cuando lleguemos lo vas a entender —le aseguró Carlota con tono misterioso.

La casa de Dante no estaba muy lejos de la de ellas; en menos de cinco minutos de caminata ya estaban en la entrada. Al asomarse al patio, lo primero que vio Víctor fueron, sin lugar a duda, sus maletas.

—¡Sí fue él quien se las robó!

—¡Ay, Dios mío, eres Floriana!

—¡Y yo también estoy aquí! —gritó Carlota, corriendo hacia la mujer con una gran sonrisa.

—¡Mi niña Carlota! Apenas hace seis meses que no nos vemos y mírate, ¡qué grande estás!

Carlota asintió, rebosante de orgullo.

—Es que en estos seis meses he crecido muchísimo.

Al ver que se habían puesto a platicar como si estuvieran en una reunión familiar, Víctor soltó una tos forzada para interrumpirlas.

—¡Oigan, todavía no hemos resuelto el problema principal!

—No hay nada más que resolver, ya recuperaste tus maletas, y punto —le replicó Floriana.

—Eso no es suficiente, yo...

Víctor estaba a punto de exigir una disculpa formal cuando, de repente, la puerta se abrió de nuevo y un hombre apareció. Era enorme, robusto, ancho de espaldas; literalmente parecía un oso pardo caminando en dos patas. Su rostro era tan grande como un lavamanos, y tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza con el marco de la puerta al salir. Cuando se plantó frente a Víctor, fue como si una montaña entera le hiciera sombra.

Víctor no pudo evitar tragar saliva sonoramente.

—¿Este es el... Señor Dante?

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