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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1047

Cenaron algo ligero y organizaron un poco la casa, planeando descansar primero y buscar una solución al día siguiente.

Como Floriana había dormido toda la tarde, ya no sentía mucho cansancio. Una vez que Carlota se quedó profundamente dormida, salió de la habitación con el celular en la mano. Seguramente Facundo Prado la había bombardeado a llamadas y mensajes, y sabía que tenía que darle alguna respuesta, o de lo contrario él perdería la cabeza.

Al encender la pantalla, se encontró con exactamente lo que esperaba: una avalancha de notificaciones.

Además de la docena de llamadas perdidas de Facundo, había un par de Isabella Quintero. Decidió marcarle primero a ella.

—¡Floriana! ¿Dónde estás?

—Regresamos al pueblo.

—¿Tú, Carlota y Víctor?

—Sí.

Isabella dejó escapar un suspiro de alivio.

—Esta tarde Facundo me llamó histérico. Dijo que Víctor las había secuestrado a ti y a Carlota, y me exigió que le dijera dónde las tenía escondidas.

—Me marcó muchísimas veces y me llenó de mensajes, pero la verdad no tengo ganas de hablar con él.

—Entonces no le contestes. Quédense en el pueblo un tiempo y no se preocupen. Él está fuera de sí, no se sabe de qué sea capaz.

—Tengo miedo de que intente venir a buscarnos.

—Tranquila, Grupo Crespo ya tiene a Grupo Prado contra las cuerdas. Por muy desesperado o loco que esté, Facundo no tiene tiempo para ir tras ustedes.

Al escuchar las palabras de Isabella, Floriana sintió que un gran peso se le quitaba de encima.

—Cualquier novedad sobre Facundo, te aviso de inmediato.

—Gracias.

Tras colgar la llamada, Floriana se quedó dudando si leer o no los mensajes de Facundo. En ese momento, Víctor salió de su cuarto rascándose la cabeza con expresión de total desesperación.

—A mí también me robaron el celular.

Floriana levantó el suyo.

—Pues el mío sigue aquí.

—¡Préstamelo para jugar un rato!

Floriana soltó una carcajada incrédula.

Floriana, derrotada por el cinismo del hombre, le entregó el teléfono.

Víctor corrió a sentarse en el sofá más cercano y empezó a descargar su juego de inmediato.

—¿Sabes qué? Mejor dime Jefecita de ahora en adelante.

—Lo que usted diga, Jefecita hermosa.

Floriana se sentó a su lado, riéndose a carcajadas. Más le valía a Víctor no recuperar la memoria pronto, porque si alguna vez recordaba este momento, iba a querer cavar un pozo y esconderse bajo tierra de la vergüenza.

Víctor nunca había sido un hombre de mucho autocontrol, y con la mentalidad de un chico de dieciocho años, su fuerza de voluntad era nula. Había prometido que sería solo una partida, pero al terminarla se retractó, suplicándole de rodillas: "¡Una más, Jefecita, solo una más!".

El tiempo pasó volando y Floriana empezó a quedarse dormida en el sillón, pero Víctor seguía con los ojos pegados a la pantalla, completamente absorto en su partida.

Al ver que no había poder humano que le quitara el celular, Floriana decidió rendirse; lo dejó a su suerte y se fue a dormir a su habitación.

A la mañana siguiente, al despertar, notó que el lado de la cama de su hija estaba vacío. Carlota ya se había levantado.

Al salir de la habitación, encontró su celular abandonado en la mesa de centro de la sala, completamente descargado. Fue al cuarto de al lado, asumiendo que Carlota estaba con Víctor, pero tampoco había nadie.

Subió a la terraza del tercer piso y, a través de los amplios ventanales, los vio a ambos trotando a la orilla del río.

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