Entrar Via

La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1046

Floriana cerró los ojos plácidamente.

—Tengo sueño.

Víctor soltó una risita.

—Pues duérmete un rato.

La noche anterior casi no había descansado, y por la mañana había estado trabajando sin parar. Hace un momento no lo sentía, pero en cuanto se recostó y cerró los ojos, el cansancio la venció por completo.

—Juega con Carlota por aquí cerca. Solo voy a descansar cinco minutos.

Víctor se incorporó a medias para mirarla y notó que, en efecto, mantenía los ojos cerrados y su respiración era profunda, como si ya estuviera dormida. A su lado, Carlota también cerró los ojitos, soltando una risita traviesa al principio, pero en cuestión de segundos empezó a roncar suavemente.

Víctor se volvió a acostar. El lugar era tan tranquilo, tan increíblemente pacífico...

Esa siesta fue tan reparadora que, cuando Floriana abrió los ojos, se dio cuenta de que ya había oscurecido. Se quedó paralizada por un segundo y luego se sentó de golpe. ¡¿No había dicho que solo serían cinco minutos?! ¡¿Por qué no la despertaron?!

Con el corazón latiendo a mil por hora, miró hacia su lado. El adulto y la niña seguían profundamente dormidos, e incluso se habían abrazado para entrar en calor.

Floriana se frotó las sienes con frustración. Por más relajante que fuera, quedarse a dormir junto al río era una pésima idea por la humedad del suelo. Le dio un par de palmadas a Víctor y luego sacudió suavemente a Carlota. Ambos abrieron los ojos, todavía desorientados.

—Papá, ya es de noche.

—Mmm... ¿en qué momento se hizo de noche?

—¡Pues porque nos quedamos dormidos toda la tarde, por eso! —los regañó Floriana, visiblemente molesta.

Víctor se levantó de un salto, jalando a Carlota con él. Miró hacia el horizonte; el sol ya se había ocultado por completo.

—Yo también tenía planeado dormir solo cinco minutos.

Floriana no dijo nada, simplemente se puso de pie y ayudó a su hija a levantarse. Al tocarse la espalda, sintió que la ropa ya estaba bastante húmeda.

—Antes de que oscurezca por completo, será mejor que nos vayamos a casa.

Si se hacía más de noche, caminar por ese sendero junto al río sería peligroso.

Víctor asintió efusivamente.

—Tienes razón, ya me está dando frío.

Mientras hablaba, estiró la mano hacia atrás para agarrar las maletas. No tocó nada. Movió la mano un poco más, y nada. Finalmente se dio la vuelta; no había absolutamente nada.

—Oye, Floriana...

—Ya deja de hablar y camina —lo interrumpió ella, que ya se había adelantado un par de pasos con Carlota de la mano.

—¿Y el equipaje?

—¡¿Quién fue?! ¡¿Quién me robó las maletas?! ¡Que dé la cara ahora mismo!

Al escuchar los gritos desesperados a sus espaldas, Floriana solo podía sentir pena ajena.

Aunque su memoria había retrocedido a sus dieciocho años, al parecer su madurez emocional también se había estancado en esa edad. ¿De verdad creía que el ladrón iba a salir de su escondite solo porque él estaba gritando en medio de la nada?

—Papá, ya no grites —le pidió Carlota, dándose la vuelta.

—¿Y por qué no? —preguntó Víctor, indignado.

Carlota soltó un suspiro lleno de sabiduría.

—Porque por más que grites, el ladrón no te va a escuchar. Las únicas que te escuchamos somos mamá y yo, y a las dos ya nos tienes hartas.

Víctor tosió para disimular su bochorno.

—Ah, bueno... entonces me voy a guardar la voz un rato.

Caminaron un largo tramo por el estrecho sendero hasta que, finalmente, llegaron a la puerta de la casa.

Víctor subió primero los escalones y luego ayudó a subir a Carlota y a Floriana.

La cerradura era de las antiguas, de esas que necesitaban llave física. Por suerte, Floriana le había dejado una copia a uno de los vecinos, lo que les permitió entrar a la casa sin mayor problema.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido