Víctor se acercó y le hizo una pregunta sin tacto alguno.
—¿Cuánto pesas?
Sabiendo que solo quería burlarse, Floriana lo ignoró por completo, tomó a Carlota de la mano y comenzó a descender por la pendiente. Cerca del río había un pequeño sendero de tierra que llevaba directo a su casa.
—¡Oye, no camines tan rápido! Lo decía porque, si no pesas mucho, ¡puedo llevarte cargada en la espalda! —Víctor la alcanzó, la examinó de pies a cabeza con mirada crítica y calculó mentalmente—. Supongo que no pasas de los sesenta kilos, ¿verdad?
Floriana lo fulminó con la mirada.
—¡No llego ni a los cincuenta kilos!
—¡Mentirosa!
—¿Por qué tendría que mentirte? ¡Inmaduro!
—Es que, viéndote bien, tienes muy buenas curvas y...
—¡Cállate!
Floriana no pudo contenerse y le dio una patada en la pierna.
—¡No vuelvas a dirigirme la palabra!
—¿Por qué no?
—Porque cada cosa que dices... no, ¡cada sílaba que sale de tu boca me resulta insoportable!
—¿Y qué opinas de mí como persona?
—Aún más insoportable.
Víctor sonrió de oreja a oreja. En ese momento, solo tenía un pensamiento en la cabeza: con razón la pequeña Carlota era tan adorable, evidentemente había heredado todo el encanto de su madre. Pero luego se quedó pensativo. Si ambas eran tan encantadoras y a él le caían tan bien, ¿por qué demonios se había divorciado de ella?
—Oye, ¿te puedo hacer una pregunta? —dijo Víctor, alcanzándola de nuevo.
Floriana bufó, sin intenciones de hacerle caso.
—¿Por qué aceptaste casarte conmigo en primer lugar?
—¿Tú también crees que no estabas a mi altura?
Víctor lo meditó por un segundo y asintió con total seriedad.
—La verdad sí, siento que eras mucho para mí.
La comisura de los labios de Floriana se curvó en una ligera sonrisa.
—Me cegó la estupidez en ese momento.
—Yo no creo que haya sido estupidez. Dicen que mientras más malo es el hombre, más se enamora la mujer.
—Pues te equivocas, porque yo no te amaba.
—No, no llegaste a eso.
Al escuchar aquello, Víctor suspiró aliviado.
—Bueno, entonces no soy tan mal tipo después de todo.
Mientras caminaban y platicaban, se habían olvidado por completo de Carlota. La niña protestó por la falta de atención y se dejó caer de sentón sobre la hierba, a la orilla del río.
De manera sincronizada, Víctor y Floriana se sentaron a su lado, uno a cada extremo. Al verlos sentados, la pequeña se dejó caer hacia atrás, acostándose completamente sobre el césped.
Los adultos intercambiaron una mirada y, sin decir una palabra, también se recostaron.
—Vaya, qué a gusto se está aquí —suspiró Víctor, genuinamente relajado.
No solo era cómodo, sino que además corría una brisa fresca. El aire era muchísimo más puro que en la ciudad, y al mirar hacia arriba solo se veía el inmenso cielo azul rodeado de montañas verdes.
—Por eso decidieron venir a vivir aquí.
Floriana sonrió.
—Sí, este lugar es realmente hermoso y tranquilo.
Al ver que habían vuelto a conversar entre ellos, Carlota se apresuró a intervenir:
—¡A mí también me encanta! ¡Este es mi verdadero hogar!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...