Floriana frunció el ceño. Era evidente que Víctor no estaba seguro de su relación con ella, y que esa llamada le había servido para confirmarlo.
En el fondo, sabía que lo suyo con Víctor no podía mantenerse oculto para siempre, pero no quería que él se enterara tan pronto, especialmente ahora que Facundo andaba como loco.
—¿Lo viste hoy? —preguntó Floriana.
Blanca negó con la cabeza.
—Anoche el señor Crespo me pidió la dirección, pero no me aseguró que fuera a venir.
Floriana suspiró profundamente. Estaba segura de que vendría, el detalle era si lograría entrar o no.
Víctor corrió sin detenerse hasta llegar bastante lejos. Al confirmar que los de producción no lo venían siguiendo, se quitó el traje de oso y lo tiró por ahí en el piso.
Estaba a punto de irse cuando escuchó voces detrás de una puerta de madera.
—Director Benítez, por favor, no haga esto... Tengo que regresar a que me maquillen, al rato me toca grabar.
—¿Cuál es la prisa? Ahorita recorro tus escenas para más tarde y ya.
—Director Benítez, de verdad que no...
—No seas malagradecida. Así como te doy trabajo, también te puedo borrar todas las escenas, ¡o hasta poner a alguien más en tu lugar!
—Suélteme, por favor. Me está asustando.
—Pórtate bien y dame un beso primero.
—Le suplico que no haga esto, usted es treinta años mayor que yo.
—Ay, mi niña, los hombres mayores sabemos cómo consentir. Ahorita te vas a dar cuenta de lo bueno que soy.
—¡No, no quiero!
—¡Si te sigues moviendo te va a ir muy mal, carajo!
—Director Benítez, buaa... por favor, déjeme ir.
Víctor ni siquiera necesitaba asomarse para saber qué estaba pasando ahí adentro. Encendió un cigarro, le dio una calada profunda y caminó hacia la puerta.
La chica era bastante joven, no pasaba de los veinte años. Un viejo robusto la tenía acorralada contra la pared, y mientras ella lloraba y trataba de zafarse, él ya le había bajado la mitad de la ropa.
—Vaya, director Benítez, qué buen ambiente trae.
—Se ve que el director Benítez es todo un profesional.
—Claro que sí, llevo más de veinte años en el negocio.
—Ya veo. Fíjese que últimamente me ha dado por querer actuar también. ¿Por qué no me da unas lecciones, director Benítez?
—¿Eh?
—Tengo ganas de interpretar a un pobre diablo al que lo están molestando unos maleantes, pero nomás no le agarro el tono a eso de ser un cobarde. ¿Por qué no me hace una demostración, director Benítez?
El director frunció el ceño; no era idiota, sabía perfectamente que Víctor se estaba burlando de él.
—En este círculo no le abrimos la puerta a cualquier hijo de vecino, y menos si no tiene talento.
Víctor soltó una carcajada burlona, le lanzó una mirada fulminante y le arrojó la colilla encendida directamente a la cara.
Al sentir la quemadura del cigarro, el hombre soltó un grito de dolor.
—¡De dónde salió este vago de porquería!
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...