—¡Aguanta, carnal! Si le rajas la cara le vas a tener que pagar, y como no tienes con qué, vas a acabar en el tambo. Si te encierran, ¿qué va a ser de tu mujer en silla de ruedas, tu madrecita postrada y tu chamaquito de tres años?
Esa advertencia fue el único freno que Damián necesitaba. Arrojó el ladrillo a un lado, le escupió al piso frente a Víctor con todo el coraje y finalmente se largó.
Cuando los demás trabajadores vieron todo ese montón de dinero arrumbado como si fuera basura dentro de la bolsa, le dijeron apresuradamente a Víctor que lo guardara antes de que alguien se lo volara.
—El buen Damián es demasiado orgulloso —le comentó uno de los albañiles a Víctor—. Siempre lo vemos chingándose un pan frío con verdura en escabeche y, aunque le insistamos en invitarle unos buenos tacos, el bato nunca nos acepta. Si le ofreces de chingadazo todo ese varo, menos lo va a querer.
Víctor sacó una cajetilla de cigarros y les invitó a todos los que estaban ahí.
—Somos excompañeros de la prepa, pero luego nos perdimos la pista. Según recuerdo, este güey era un perrazo para la escuela. ¿A poco no logró entrar a la universidad?
El tipo con el que se había topado antes solo le comentó que Damián trabajaba en esta obra. Víctor imaginó de inmediato que su excompañero estaría a cargo de todo como arquitecto o ingeniero; jamás pensó que sería el chalán que sudaba la gota gorda jalando carretillas.
—Una vez nos platicó que había quedado en una muy buena, pero como en su cantón pasaron unas broncas pesadas, al final ni se inscribió —le respondió uno de los chalanes.
Víctor asintió. Él recordaba perfectamente la miseria que se vivía en esa casa.
—¿Hace rato dijeron que su esposa anda mal de una pierna y su mamá quedó postrada en la cama?
—Simón. Ya no caminaba desde que se juntaron, por eso nadie la quiso. Y a su jefa le dio una embolia; lleva atorada en la cama desde hace más de dos años.
Víctor no podía creer que Damián estuviera tan salado. De haber sabido, habría juntado todavía más billetes. Aunque bueno, la realidad era que a ese cabrón terco el dinero parecía quemarle las manos.
Víctor agarró su bolsa y regresó a meterse a su carro. Esperó horas enteras hasta que dieran el pitazo de salida. Siguió a Damián en absoluto silencio mientras este caminaba por unas callejuelas de la colonia popular y no se despegó de él hasta ver que se detenía en un portón descuidado.
Un patio humilde que se caía a pedazos. Víctor estiró el cuello y pudo observar desde la calle que una mujer salía rodando su silla.
—Ándale, lávate las manos, que ya está la cena —dijo ella extendiéndole una toallita limpia.
Damián fue a tallarse la cara y los brazos en la pequeña toma de agua. Aceptó la toalla, mirándola de frente.
—¿No quedamos en que yo me encargaba de la comida en cuanto llegara?
La mujer se aproximó para sacudirle el polvo que llevaba embarrado en la camisa.
Víctor se dio la media vuelta y topó de frente con la esposa en silla de ruedas de Damián. Ella misma se había acercado lentamente hacia la entrada mientras lo medía de arriba abajo.
—Oye... eh... soy un compa de Damián, fuimos juntos en la prepa...
—¡Tú! —El semblante de la mujer cambió drásticamente en cuestión de segundos—. ¡Víctor, tienes la maldita desfachatez de pararte en la puerta de mi casa!
—Bueno, y tú ¿qué? ¿Te conozco o qué rollo?
—¿A quién quieres verle la cara de tonta? ¿Acaso ya no te acuerdas de mí?
Víctor entornó los ojos e inspeccionó detalladamente a la mujer. Definitivamente, había un aire familiar. A medida que analizaba más a fondo aquellos rasgos, la bomba cayó dentro de su cabeza.
Resulta que aquella mujer también fue parte de su salón de clases, justo era la compañera de banco de Damián. En ese entonces los tortolitos se llevaban de maravilla, incluso Víctor mismo echaba desmadre molestando a Damián diciéndole que tarde o temprano iba a terminar casándose con ella.
—¡Tú... tú, lárgate de aquí!
La mujer tomó una escoba recargada en la pared y comenzó a tirarle golpes desesperadamente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...