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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1015

—¡Lárgate! ¡No te quiero volver a ver!

—¡Lárgate de mi casa ahorita mismo! ¡Cómo te atreves a dar la cara!

—¡Eres un animal!

La mujer parecía loca, gritaba mientras le pegaba con una escoba.

Víctor no iba a devolverle los golpes a una mujer, y menos a una discapacitada, así que solo se hizo hacia atrás para esquivarla.

Damián escuchó el alboroto y salió corriendo; primero tranquilizó a la mujer y luego miró a Víctor con furia.

—¿No te basta con habernos arruinado la vida a los dos? ¿A huevo quieres matarnos?

Víctor levantó una ceja.

—¿Cómo que les arruiné la vida? Contigo, bueno, ya ni modo, pero en cuanto a ella...

Víctor volvió a mirar a la mujer y de repente recordó algo.

—Esa exnovia tuya, la que supuestamente se aventó de un edificio por mi culpa... ¿es ella?

Víctor parpadeó. ¿A Damián no le importó que la mujer intentara suicidarse por otro hombre y aun así se casó con ella?

—¡Estás enfermo de la cabeza! —le gritó Damián—.

—¡A Lía la forzaste, ella nunca te amó!

Víctor se señaló a sí mismo y luego a la mujer.

—¿Yo la forcé?

En primer lugar, él nunca obligaría a una mujer que no tuviera interés en él; en segundo lugar, esa mujer ni de chiste era de su tipo. No era bonita, se vestía muy anticuada y no tenía buen cuerpo. Ni aunque se la sirvieran en bandeja de plata la hubiera tocado.

—¡No lo quiero ver! ¡Córrelo! —gritó la mujer, al borde de un ataque de nervios.

Damián empujó a Víctor hacia afuera y le puso candado a la puerta del patio.

Ella solo se había acercado a Damián para poder juntarse con Víctor y preparar el terreno para declarársele. Nunca le gustó Damián, solo lo ilusionó a lo güey.

«¡Te estás aprovechando de Damián, cabrona!» Pensó Víctor, y al entender las intenciones de la chava, le dieron ganas de soltarle una cachetada.

Pero a ella no le importó.

—Él está enamorado de mí, ¿pero cómo me va a gustar un tipo así? A mí me gustan los hombres atractivos y con estilo como tú.

—¡Lárgate! Mejor mírate en un espejo. Con esa facha, ni aunque te me ofrecieras gratis te tocaría.

Rechazó a la chava de manera clara y directa.

Entonces, ¿cómo diablos se la iba a haber acostado después, y menos obligarla a aventarse de un edificio?

Algo no cuadraba. Seguro había gato encerrado.

Víctor se quedó sentado en la banqueta, rompiéndose la cabeza toda la noche.

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