Pero entonces, ¿cómo carajos era posible que se hubiera acostado con la novia de Damián?
¡Qué bajeza tan grande había cometido!
Bueno, a decir verdad, sí había hecho cosas peores. Como aquella vez que pegó un fotomontaje subido de tono del tutor del grupo en el periódico mural. Pese a que el maestro era hombre, el escándalo casi lo llevó a intentar quitarse la vida por depresión.
Ese asunto se salió de control a tal punto que su papá fue a agarrarlo a golpes frente a toda la preparatoria. Él, en lugar de calmarse, le armó tal berrinche que su padre terminó sufriendo un infarto y cayendo directo al hospital, casi a punto de estirar la pata. Después de eso, le puso un ultimátum clarísimo.
Ya no le importaban en lo absoluto sus calificaciones. Si quería seguir yendo a estudiar, adelante; si no, también le daba igual. Su única condición fue que dejara de meterse en broncas, o al menos, que no arruinara la vida de los demás.
Analizando todo ahora, Víctor no podía entender qué diablos pasaba por su mente para hacer tantas barbaridades.
Víctor se rascó la nariz, miró que Damián seguía pasándose el bolillo a brincos y caminó hacia él, lanzándole una bolsa transparente a los pies.
—Ten, para ti.
Damián se espantó primero al ver la bolsa. Estaba atascada de billetes, algunos en fajos amarrados y otros arrugados y revueltos, pero todos se veían reales.
Saliendo de su asombro, levantó la mirada y la clavó en el sujeto que acababa de llegar. Tardó un buen rato en reconocerlo, pero cuando lo hizo, saltó de inmediato y le lanzó un puñetazo a Víctor con todas sus fuerzas.
Víctor lo esquivó al instante.
—¡Qué mosca te picó, cabrón! ¡Te estoy regalando lana! ¡¿Y en vez de darme las gracias me tiras putazos?!
—¡Te dije clarito que no te quería volver a ver en mi vida, Víctor! ¡Y que si te veía, te partía la madre! —gritó Damián, tirando un segundo golpe que tampoco atinó.
Físicamente no había forma de compararlos; Víctor era mucho más alto. Además, Damián traía una lesión que lo hacía cojear un poco, mientras que Víctor andaba rebosante de energía juvenil al creer que tenía dieciocho años otra vez.
Damián tiraba golpes y Víctor nada más esquivaba. Sentía algo de culpa por lo que le hizo en el pasado, pero tampoco iba a quedarse parado a que le reventara la cara.
—¡Son cientos de miles de pesos! Es para reparar los daños, ¡así que te lo quedas por las buenas o por las malas!
Damián apretó los dientes.
—¡Víctor! ¡Ojalá te pudras en el infierno!
—¡Uy, pues parece que allá arriba no me quieren! ¿Te arde? —soltó Víctor poniéndose las manos en la cintura, sacando el pecho como si fuera un adolescente presumido de secundaria.
—¡Lárgate de aquí y llévate tu maldito dinero asqueroso! —volvió a gritar Damián.
—¡La lana no tiene nada de asquerosa! ¡Con tal de que sea de verdad te alcanza para lo que se te pegue la regalada gana! Si no la aceptas eres un completo imbécil, con razón terminaste de albañil cargando bultos.
Cada palabra de Víctor era como una puñalada directa en el pecho de Damián. Por más dejado que pareciera, ya no pudo tolerar tantas humillaciones. Agarró un pedazo de tabique del suelo con la firme intención de reventárselo a Víctor, pero un grupo de trabajadores, alertados por el ruido, llegó corriendo a detenerlo a tiempo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...