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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1011

A la mañana siguiente, los fuertes toques en la puerta por parte de Lucas despertaron de golpe a Isabella y Jairo. Pensando que había pasado algo grave, abrieron rápidamente, solo para que Lucas los jalara de inmediato hacia el cuarto de Samuel.

El piso estaba cubierto de pedazos rotos. Se podía distinguir que eran los restos de la alcancía de Samuel, pero no había un solo peso a la vista. Mientras tanto, el niño seguía roncando plácidamente.

—¡Se metió un ratero a la casa! —exclamó Lucas.

Casi todo lo que había en la alcancía eran sus domingos. Cuando Belén aún vivía, sentía que le debía algo a su nieto menor, así que en las fiestas de fin de año pasadas convenció a toda la familia de reponerle los domingos que no le habían dado en todos esos años.

Cristian incluso le dio el doble; eran más de trescientos mil pesos.

Ella quería meter ese dinero al banco por Samuel, pero él se negó rotundamente, así que le compró esa alcancía gigante. Sumando lo que se ganaban por hacer los quehaceres, ella recordaba muy bien que ya estaba llena.

Debía haber cientos de miles de pesos.

Sin duda, un botín atractivo para cualquier ladrón.

Jairo se acercó a despertar a Samuel y le preguntó si sabía algo de que su alcancía estaba hecha pedazos.

Samuel asintió mientras se tallaba los ojitos.

—Sí, la rompí anoche.

—¿Y en dónde está tu dinero?

—Lo invertí.

—¿Cómo dices?

Resultó que Víctor le había lavado el cerebro contándole sobre una inversión millonaria. Le pidió todos sus ahorros prometiéndole que en un mes le regresaría el doble.

—Mamá, cómprame otra alcancía. No, mejor cómprame dos. Cuando mi tío me traiga todas sus ganancias, voy a tener muchísimo dinero —dijo Samuel pestañeando con inocencia.

Isabella se quedó muda. Jamás imaginó que Víctor llegaría al punto de robarle los domingos a un niño.

Lucas, por su parte, negó con la cabeza.

—Si es tan tonto, el día de mañana lo van a estafar tanto que se va a quedar hasta sin calzones.

Hablar del tema en ese momento ya no servía de nada. Jairo marcó enseguida al celular de Víctor, pero, como era de esperarse, lo mandó a buzón.

Ese sujeto había sido su mejor amigo en la preparatoria. Su cuate del alma.

Su mente se había estancado a los dieciocho años, pero, irónicamente, esos recuerdos ya estaban borrosos. Había pocas cosas que lograba recordar con claridad, pero en la mayoría de ellas, Damián estaba presente.

Víctor era el típico junior bueno para nada que iba pésimo en la escuela, mientras que Damián era el genio de excelencia que la institución había jalado con una beca completita por ser el primero de su generación.

Desde el primer hasta el primer semestre del último año, prácticamente ni se habían dirigido la palabra. Uno se sentaba hasta el frente y el otro al final del salón; uno sacaba el primer lugar en calificaciones y el otro reprobaba absolutamente todo. No tenían nada en común, era imposible que se hablaran.

Hasta que, el primer día de clases del último semestre de la prepa, Víctor se voló las clases para ir a dar la vuelta. Al intentar saltarse la barda, se encontró de frente con Damián.

Él también intentaba volarse la barda, pero como no tenía ni la menor idea de cómo hacerlo, había resbalado un montón de veces sin éxito.

—Oye, tú eres de mi salón, ¿verdad? ¿El cerebrito?

Ni siquiera recordaba bien su cara, pero muy pocos en toda la escuela, incluyendo a las niñas, eran tan bajitos de estatura.

Damián se llevó tremendo susto al verlo y terminó dándose un buen sentón contra el suelo. Aquella caída le provocó a Víctor un ataque de risa que casi lo deja sin aire.

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