Se escuchó un pequeño ruido en el vestidor.
Jairo se detuvo e intercambió una mirada con Isabella.
Ambos se acercaron sigilosamente a la puerta del vestidor y la abrieron de golpe. Antes de que pudieran hacer algo, la persona adentro se pegó un buen susto.
Y no era otro que Víctor.
El rostro de Jairo se tensó.
—¿Qué haces escondido en nuestro cuarto?
Víctor tosió un poco incómodo.
—Yo… solo vine a buscar algo. Quién iba a pensar que regresarían tan rápido y que, apenas entrar, empezarían a besarse. Vaya, vaya, hermanito, siempre andas con esa cara de amargado, antes hasta pensaba que te ibas a meter de cura. No sabía que podías ser tan desesperado.
Jairo apretó los dientes.
—¿Qué cosa tuya podría estar en nuestro cuarto?
—Pues… algo —respondió, titubeando.
Isabella arqueó una ceja.
—¿No habrás venido a robar?
—¡Cuál robar! Esta es la casa de mi hermano, si quiero algo, simplemente lo agarro y ya.
Jairo suspiró con pesadez.
—Entonces, ¿qué agarraste?
—No agarré nada.
—¿Quieres que te revise los bolsillos?
Víctor puso cara de ofendido.
—Soy tu hermano mayor, mira nada más cómo me hablas…
—¡Sácalo ya! —le exigió Jairo en voz baja.
Víctor dio un respingo, murmuró una maldición por lo bajo y, a regañadientes, sacó un reloj de su bolsillo.
—Solo es un reloj. Lo vi bonito y pensaba ponérmelo un par de días para luego devolvértelo.
Jairo frunció el ceño. ¿Se había metido en su cuarto solo para llevarse eso?
Isabella entornó los ojos.
—Seguro venías a buscar algo de valor para venderlo y sacar dinero en efectivo, ¿verdad?
Víctor abrió los ojos como platos.
—¿Qué tonterías dices? A mí no me falta dinero, por qué iba a andar vendiendo cosas. Yo…
La realidad era que sí le faltaba dinero.
—Ya te dije que me lo iba a poner un par de días y luego lo devolvía —murmuró, sonando bastante culpable.
—Sírveme uno a mí también.
Samuel, muy obediente, le sirvió el agua, se la entregó y le dijo educadamente: «Buenas noches, tío». Justo cuando iba a irse, Víctor lo detuvo.
—Oye, enano, ¿tienes dinero?
Samuel se volteó y lo miró sin entender.
—Sí tengo, pero ¿para qué lo quieres, tío?
—¿Como cuánto tienes?
Samuel negó con la cabeza.
—No sé, todo está en mi alcancía.
—¿Puedo ver tu alcancía?
Samuel asintió.
—Claro.
Llevó a Víctor hasta su recámara y le señaló una alcancía con forma de astronauta que estaba en un rincón y que era casi de su misma altura.
—Creo que ya está llena.
Al escuchar que estaba llena, Víctor no pudo evitar relamerse los labios.
—Mira, sobrino, quiero invitarte a un negocio para que nos hagamos ricos, ¿qué dices?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...