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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1008

Jairo lo pensó un momento. Mandarlos lejos y perderlos de vista tampoco le daba mucha tranquilidad.

—Mejor concéntrate en lidiar con la familia Prado. Yo reduciré mi carga de trabajo para encargarme de llevar y traer a los niños de la escuela.

—Supongo que tendrá que ser así por ahora.

—Y también está el asunto de Víctor —añadió Isabella, pensando en las locuras de Facundo, lo que la preocupaba aún más—. Aunque haya perdido la memoria y crea que tiene dieciocho años, tenemos que hacerle entender la gravedad del asunto para que al menos se quede quieto un buen rato.

A Jairo le dolía la cabeza de solo escuchar el nombre de Víctor. Todo este desastre era culpa suya.

—Ahorita hablo con él.

—Mmm, mejor hablemos con él los dos juntos.

Cada vez que esos dos abrían la boca, terminaban peleando. Era imposible que pudieran platicar con calma.

Víctor había tomado prestada ropa deportiva del clóset de Jairo sin permiso, y durante la cena incluso le pidió dinero.

—Me di cuenta de que la ropa de tu clóset o es para viejitos o está demasiado escandalosa. No refleja para nada la energía que alguien de mi edad debería tener. Ah, y quiero un carro, un coche deportivo. Hace unos días vi uno en el celular que cuesta unos seis o siete millones, pásamelos de una vez —dijo Víctor como si fuera lo más natural del mundo.

—Tío, ¿por qué le pides dinero a mi papá? ¿No tienes lana? —preguntó Samuel.

—¡Apenas tengo dieciocho, de dónde voy a sacar tanta lana!

—Eh, pero la verdad es que ya estás muy viejo, no tienes dieciocho.

—¡Me vale, yo tengo dieciocho! Y tu papá, como es mi hermano menor, tiene la obligación de mantenerme.

—¿Tan difícil es de entender eso?

En ese momento, Lucas intervino: —Si tuvieras tantita vergüenza, tal vez lo entenderías.

Víctor fulminó a Lucas con la mirada.

—Eres la viva imagen de tu papá cuando era niño, hasta heredaste su boca venenosa.

Lucas soltó un chasquido.

—Las verdades siempre son las que más calan.

—¡Tú cállate!

En ese instante, Jairo miró a Víctor.

—Si aceptas irte a Canadá, te doy el dinero.

Víctor abrió los ojos de par en par.

—¡Ni loco!

Jairo asintió.

—Entonces no hay nada.

Víctor se quedó mudo del asombro por un buen rato.

—O sea, ¿mi mamá se volvió a embarazar? ¿Pues cuántos años tiene? ¡¿Qué le pasa por la cabeza para querer tener otro hijo a estas alturas?!

Isabella apuró a los niños para que terminaran de cenar y los mandó a jugar a su cuarto antes de ponerse seria.

—¿Te acuerdas de Facundo? —preguntó Isabella.

Víctor hizo memoria y asintió.

—Ah, ¿el chavito de la familia Prado? Sí, se la pasaba de vago con Jai. Me acuerdo que era bien violento para las peleas; era el terror de la prepa, nadie se atrevía a meterse con él. Excepto yo, claro.

Isabella sintió un pequeño tic en la boca.

—Pues vaya que te metiste con él.

Víctor alzó una ceja.

—¿Y ahora qué le hice?

—Hace seis años, te cachó engañándolo.

—¿Engañándolo con quién?

—Tú. Con su esposa.

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