—El doctor me dijo que ya me podía ir, así que me fui. Pero, ¿qué onda con ese tonito? ¿Me estás regañando?
Jairo supuso que Isabella había ido a recogerlo al hospital y lo había traído a casa, así que no dijo nada más. Siguió caminando hacia el piso de arriba, y Víctor lo siguió.
—¡Oye, qué actitud es esa! ¡Soy tu hermano mayor!
—Y, además, ¿con qué derecho quieres mandarme al extranjero? ¿Por qué tendría que hacerte caso? ¿Acaso te estorbo en la casa?
—¡Contéstame, que no eres sordo ni mudo! ¿Por qué sigues siendo tan odioso como cuando eras niño? Ya tienes veintiocho años, ¿no? ¡A los veintiocho mínimo deberías tener mejor carácter!
Jairo ni siquiera le hizo caso. Subió directamente las escaleras y, al ver que Isabella estaba ocupada en la cocina, se dirigió hacia allá.
—¿Por qué estás haciendo de cenar? —La abrazó por detrás y ladeó la cabeza para darle un beso en la mejilla.
—Samuel quería que le preparara mi omelette especial.
Jairo soltó una carcajada.
—¿Acaso te dijo eso cuando le estabas revisando la tarea?
Isabella también se rio.
—Sí, la verdad es que su tarea tenía un montón de errores.
Como temía que ella lo regañara y le dijera que no ponía atención en clases, Samuel inventaba excusas para distraerla y que se fuera a hacer otra cosa. Si le había dicho que quería comer su omelette, seguro era parte de su plan.
—Haré que se coma todo el plato —dijo ella—. Mis omelettes quedan tan ricos que hasta a mí me dan ganas de vomitar después de comerlos.
Jairo tomó el tazón y los cubiertos de las manos de Isabella.
—Yo lo preparo.
Isabella soltó un bufido.
—Si lo haces tú, entonces no será un castigo, sino un premio.
—Te lo prepararé a ti.
Isabella sonrió con muchísima ternura, se puso de puntillas y le dio un beso a Jairo.
—Eres el mejor conmigo.
Víctor soltó un quejido de asco y se apresuró a salir de la cocina. Se volteó hacia Samuel Quintero, que venía bajando las escaleras, y le preguntó: —¿A tu papá se le rompió la cabeza de alguna caída o qué? Antes no era así.
—¿Así cómo? —preguntó Samuel, curioso.
—Así de cursi y empalagoso.
Cuando Isabella salió con el omelette, vio a Víctor y a Samuel jugando. Entrecerró los ojos.
—Samuel, ¿ya terminaste tu tarea? ¿Quién te dio permiso de jugar?
Samuel, que le tenía terror a su mamá, hizo girar los ojos y de inmediato señaló a Víctor.
—Mi tío me dijo que jugara.
Víctor le echó una mirada fulminante, pero no lo desmintió. Luego miró a Isabella.
—Ay, cuñadita, no puedes ser tan estricta con los niños. Luego se vuelven rebeldes.
Isabella resopló.
—Primero preocúpate por ti mismo. Y deja de contactar a tus viejos compañeros de la escuela. Hace un rato el doctor me llamó para decirme que un grupo de ellos fue a tu habitación a agarrarte a golpes. Menos mal que te fuiste antes, porque si no, ni de chiste te daban de alta.
Víctor suspiró con dramatismo.
—¡Y pensar que yo me portaba tan bien con ellos! Se pasaron de lanza.
A Isabella le tembló un poco la comisura de la boca. ¿Acostarse con la novia de su amigo a escondidas, botarla en cuanto se aburría y luego irse a fregar a otro amigo contaba como "portarse bien" con ellos?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...