Alicia le respondió, llena de sarcasmo: —A esta qué le pasa con sus baños de pureza. Pues sí, le veo la cara a mi propia hermana, ¿y qué? Todos vemos por nuestro propio beneficio, y el que no, está bien menso.
Ese comentario de Alicia indignó muchísimo a todos los presentes. La familia Quintero, horrorizada de la fichita que estaba a punto de entrar a su hogar, dejó de lado la vergüenza social y ordenó la cancelación inmediata de la boda.
La señora Quintero se fue directo contra Alicia y le acomodó una buena bofetada.
—¡Tú jamás vas a poner un pie en la familia Quintero!
Alicia, sosteniéndose la mejilla adolorida, intentó justificarse, presa del pánico: —Es... es que ese día yo andaba bien tomada, yo nunca hice esas cosas...
—Aceptamos este trato solo porque nuestras familias tenían un compromiso y mi hijo insistió en casarse contigo, así que nos hicimos de la vista gorda. Pero nunca me imaginé la clase de porquería que eras. Menos mal que me interpuse para que no firmaran el acta civil. La boda se cancela en este mismo instante, ¡así que lárgate por donde viniste!
—Señora, por favor, no puede cancelar la boda. Me equivoqué, ¡le pido una disculpa, pero no me haga esto! —Alicia la agarró del brazo, rogándole que no echara todo a la basura.
—¡No me toques, me das asco! —La señora Quintero le arrebató el brazo bruscamente.
Rubén y Elsa también corrieron para suplicarle a la familia Quintero que reanudaran la ceremonia, incluso juraron que ese video estaba truqueado. Pero los Quintero no estaban dispuestos a dirigirles la palabra, de hecho, ya se habían puesto a despedir a los invitados.
Fue justo en ese instante cuando irrumpieron varios oficiales de policía.
—Señor Rubén, se le acusa de fraude financiero. Acompáñenos a la comandancia para su declaración.
Rubén se quedó helado. —¿Yo? ¿Fraude a quién?
—El día de hoy, ocho personas acudieron al Ministerio Público a levantar denuncias en su contra por una cifra multimillonaria. Así que tiene que acompañarnos de inmediato.
El pánico invadió a Rubén, quien volteó a ver a Romeo.
—¡Romeo, por favor ayúdame a explicarles, diles que yo no he cometido ningún fraude! ¡Me tienes que echar la mano! ¡Hazlo por Martina, si no quieres hacerlo por Alicia!
No podía dejar que se lo llevaran; eso sería el fin de su vida. De pronto, recordó a Martina. Volteó la cabeza frenéticamente buscándola, hasta que la ubicó sentada en un rincón, observando todo el zafarrancho con una pasmosa tranquilidad.
Con razón había accedido a apoyarlo después de la boda. ¡Ella sabía de sobra que esa boda nunca se iba a concretar!
—¡Marty, ayúdame! ¡Sé que te hice cosas horribles, pero yo soy tu padre, yo te di la vida y te crié! ¡Ruégale a Romeo por nosotros! ¡Por favor, no me dejes pisar la cárcel! ¡Te juro que ya aprendí mi lección, perdóname por todo!
Rubén juntó las manos, suplicándole de rodillas. Sin embargo, vio a Martina sonreír. Era una sonrisa llena de paz, como si finalmente hubiera dejado ir una pesada carga.
En ese momento el alma se le cayó a los pies. Supo con certeza que ella no iba a mover un dedo por ellos.
Elsa, negándose a aceptar la derrota, corrió a rogarle a Martina.
—¡Marty, te lo suplico por lo que más quieras! ¡Sálvanos, por favor!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...