Decir todo eso le quitó a Alicia un enorme peso de encima, pero a Martina esas palabras solo le daban risa.
—Órale, qué intensa andas. Pero, ¿segura de que hoy sí te casas?
—Ya vas a empezar con tus numeritos...
Martina levantó las manos en señal de rendición. —No pienso armar un escándalo, ya lo dijiste tú, no me atrevería. Ahí afuera está toda la familia Quintero, si llego a arruinarles la fiesta, me tragan viva.
—Ya me imaginaba que no te atreverías.
Alicia se dio media vuelta hacia el espejo para admirar lo bien que le quedaba el vestido de novia.
—Hace rato Romeo me dijo que me veía hermosa. Todo este tiempo estuvo cegado por una cualquiera como tú, pero en cuanto nos casemos y vea lo increíble que soy, obvio se va a enamorar de mí. Mi papá propuso que te quedaras cerquita de Romeo. ¡Ay, por favor, sobre mi cadáver!
Martina asintió. —Al menos tienes tantito amor propio.
Los ojos de Alicia se llenaron de resentimiento. —Él también se atrevió a pegarme e insultarme, y le voy a dejar bien en claro qué le pasa a los que me hacen enojar.
A Martina le pareció graciosísimo. Ni siquiera tenía que mover un dedo, el trío que aquellos tres habían formado estaba a punto de desmoronarse solo.
Martina buscó un rinconcito donde sentarse, y apenas lo hizo, arrancó la boda. Pero justo en el momento en el que los novios hicieron su entrada triunfal, la pantalla gigante se encendió de golpe. Mostraba un video donde aparecía Alicia, con ropa muy provocativa, tomando en un antro junto con otros chavos.
De repente, se acercaba un chavo, la agarraba por la cintura sin pensarlo dos veces y se le lanzaba a besarla apasionadamente.
El impacto del video fue tal que los invitados estallaron en exclamaciones de asombro y murmullos.
—¡¿Quién prendió esa pantalla?! ¡Apáguenla ahorita mismo! —gritó Rubén, saltando de su asiento, desesperado.
Pero el video seguía corriendo. A la vista de todos, el chavo del video le arrancó la blusa a Alicia. No se separaron hasta que el mesero se acercó a advertirles que aquel era un lugar decente.
Cuando el hombre se levantó, Alicia ni siquiera se había terminado de acomodar la ropa, dejando bastante a la vista.
—¡Apáguenlo! ¡Quiten eso ya! —Alicia, pálida como un fantasma, les gritó a los meseros. Luego, dándose cuenta de quién estaba a su lado, se dirigió rápidamente a él—: ¡Romeo, diles que apaguen esa pantalla, la chava del video no soy yo!
Romeo esbozó una sonrisa torcida. —Si no eres tú, ¿entonces por qué te asustas?
—¿Y en qué trabaja?
—¡En la vida galante!
—¡No manches! ¿Es neta?
—¿De dónde crees que saco lana para comprarme pura ropa de marca o invitarles todo el pomo que se tragan?
Entonces otra chica que estaba ahí al lado habló: —¿O sea que andas despilfarrando el dinero que tu hermana gana vendiendo su cuerpo?
—Mi hermana es una tarada. Nada más la convenzo diciéndole que la extraño, que ya no quiero estudiar para quitarle un peso de encima y luego luego se enternece y hace hasta lo imposible por mandarme lana. Y mi mamá es igual: le da flojera trabajar, así que le inventa que está enferma para que no deje de depositar a la casa. ¡Hasta mi papá nos usa a nosotras de pretexto para exprimirle más billetes! Así que no le queda de otra más que andar de ofrecida.
—Híjole, ustedes son unos pinches parásitos.
—¡Ay, cállate! No nos digas así, qué grosera.
—¡Pues es la verdad! ¿Saben qué? A mí ya se me quitaron las ganas de tomar. —Dicho esto, la chica se levantó y se fue.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...