—¡Mejor adóptame y sé mi mamá de una vez! —soltó Víctor, indignado.
Isabella apretó los dientes. —¡Si fueras mi hijo, ya te habría castrado!
Víctor la miró, fingiendo no entender nada. —¡No sé cómo Jairo pudo casarse con una mujer tan mandona como tú!
Isabella dio un paso hacia él y soltó un bufido frío.
—Deberías dar gracias a Dios de que vine yo y no él, ¡porque de lo contrario ya te habría mandado de regreso al quirófano!
La noche anterior, Jairo había contestado dos de esas llamadas. Quiso ir directo al hospital a darle una paliza a Víctor, y fue ella quien lo calmó, diciéndole que no valía la pena pelear con alguien que tenía la madurez de un escuincle de dieciocho años.
Pero, a decir verdad, el Víctor de dieciocho años era todavía más insoportable que el de veintiocho; daba muchas más ganas de agarrarlo a golpes.
Víctor se miró las vendas que le cubrían todo el cuerpo. Apenas y podía moverse. Si Jairo decidía ponerle una mano encima, no le quedaría de otra que aguantar los golpes. Como no le convenía jugarle al valiente, tosió un poco para disimular.
—Mira, yo soy un tipo que valora a la familia. Al final del día eres la esposa de mi hermano. Por eso nada más subí tu número de celular, pero no puse ninguna foto tuya.
Isabella resopló. —Con eso te acabas de salvar la vida.
Víctor torció la boca. —¿Siempre eres así de pesada para hablar?
—Depende de con quién hable.
—Soy el hermano de tu esposo, así que prácticamente soy tu hermano mayor. Deberías mostrarme más respeto.
—Te das demasiada importancia.
Víctor respiró agitado del puro coraje, hasta sintió que veía estrellitas. Estaba tan débil que ni siquiera tenía energía para seguir discutiendo.
—Tú... nomás espérate a que me recupere, ya verás cómo te...
Isabella entrecerró los ojos. —¿Ya veré cómo me qué?
Víctor se hizo el digno. —Ya te enterarás en su momento.
Isabella no tenía ganas de seguir peleando con él. Tras preguntarle al doctor por su estado, se dirigió a Víctor para saber si necesitaba que le trajera algo en su próxima visita.
No le quedaba de otra. Cristian estaba en el extranjero y nadie se había atrevido a contarle del accidente; los papás de Víctor no lo podían ver ni en pintura, y aunque se enteraron del choque, se negaron a ir a visitarlo. Por su parte, Jairo había vuelto a tomar las riendas de Grupo Crespo, y entre los asuntos de la empresa y los contraataques a la familia Prado, no tenía tiempo.
Isabella lo miró y levantó una ceja. —¿Nada más quieres pedirle perdón?
—Pues claro, ¿qué más iba a hacer?
Isabella se quedó viéndolo fijamente unos segundos antes de encogerse de hombros. —No te puedo dar su número.
—¿Por qué?
—Ella dijo que no quería que interfirieras en su vida actual.
—Pero si nomás es una llamada.
—¿Pues no que ya sabes lo que le hiciste?
—¿Te refieres a lo de los cuernos?
—Ajá.
En realidad no le había puesto los cuernos, había sido una trampa de Facundo Prado. Sin embargo, ya que había perdido la memoria, exagerarle un poco la situación para que la vergüenza le impidiera buscar a Floriana Sánchez no era mala idea.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...