A simple vista, Ricardo parecía estar en buenas condiciones. Su rostro estaba limpio, sin esa apariencia desaliñada de barba crecida. Llevaba una camisa blanca y pantalones de vestir negros, viéndose inmaculado, aunque seguía siendo el mismo desgraciado de siempre.
Solo que se veía mucho más delgado.
Cuando levantó la vista, movió los ojos y unas venas rojas parecieron brotar desde lo profundo, extendiéndose frenéticamente hasta las esquinas, como si sus globos oculares estuvieran a punto de estallar.
Sebastián entrecerró levemente los ojos. Era justo lo que esperaba: esa patética imagen de medio muerto.
—¿Cuántos días llevas sin dormir?
Ricardo no contestó, ni tampoco pareció sorprenderle que Sebastián lo hubiera encontrado ahí. Dejó caer el brazo desde el umbral y, en absoluto silencio, se dio la vuelta para entrar.
No hacía ruido, no tenía energía, toda su presencia emanaba un aura de decadencia absoluta.
Sebastián subió los tres escalones, cerró la puerta principal a sus espaldas y cruzó hacia el patio.
Aunque el patio tenía las luces decorativas encendidas, el interior de la casa estaba sumido en una oscuridad total. Ricardo se sentó en un taburete de piedra junto a una mesa, también de piedra, sobre la cual había varias botellas y un vaso. Sebastián notó que todas eran de licor fuerte.
En medio del patio crecía un frondoso naranjo cuyas ramas se extendían justo por encima de la mesa, dejando caer algunos pétalos de azahar sobre la superficie. Una ráfaga de viento sopló y un par de florecillas blancas se posaron sobre los hombros y el dorso de la mano de Ricardo.
El joven fijó la mirada en un pétalo que flotaba en su vaso. Luego, levantó la cabeza y, sin pronunciar palabra, se tragó el licor junto con la flor de un solo golpe.
—¿Trajiste a Leticia a vivir aquí alguna vez? —preguntó Sebastián, sentándose en el taburete frente a él.
Si no fuera por eso, ¿por qué estaría allí emborrachándose y dejándose morir como un mártir? Seguramente estaba ahogándose en los recuerdos de los momentos que había pasado con ella en ese lugar.
Aunque, a decir verdad, desde que alcanzó la mayoría de edad, casi ningún recuerdo entre ellos dos había sido precisamente feliz.
Leticia nunca quiso estar con Ricardo, y él se negaba a dejarla ir. En su mente retorcida, sentía que si ella había llegado a la familia Mendoza, era porque el destino le había dictado que le pertenecía.
El nombre "Leticia" punzó el cerebro de Ricardo como una aguja.
Sus cejas se contrajeron levemente y, con la garganta en carne viva por el alcohol, murmuró con voz ronca:
—Lo hicimos en cada rincón de esta casa... menos en esa silla en la que estás sentado.
Sebastián lo observó en silencio.
Sabiendo cómo era él, el verbo "hacer" no se refería precisamente a estar sentados platicando.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....