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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 529

La brisa marina mecía la guirnalda de luces sobre la cubierta, mientras el cúmulo en el cielo del norte parpadeaba con intensidad.

Sebastián sostuvo la nuca de Valentina y se inclinó para besarla, trazando un recorrido lento desde la comisura hasta el centro de sus labios.

Sin embargo, en el instante justo antes de forzarla a abrir la boca, se detuvo, aunque sin apartarse ni un milímetro.

Suspiró suavemente ante la abrumadora indiferencia de ella.

No opuso la menor resistencia, pero él sabía de sobra que la falta de rechazo no equivalía a aceptación.

El perfil recto de la nariz de Sebastián rozó la de ella, como si fueran dos amantes incapaces de separarse en pleno idilio.

No dijo nada más. Se limitó a rodearla por la cintura, aferrándose a ese instante fugaz.

El viento lanzó el cabello largo de ella contra el cuello de él. Los mechones se deslizaron sobre su clavícula dejando un aroma sutil y tenue que la ráfaga disipó de inmediato.

Por instinto, Sebastián estiró la mano para atrapar aquel mechón de cabello, pero el viento era demasiado fuerte; no logró aferrar ni el pelo ni su fragancia.

Era un hombre al que casi nada lograba perturbarle el espíritu, pero en raras ocasiones perdía el control como ahora, abrazándola con desesperación.

Estrechó a Valentina contra sí, haciendo que la mejilla de ella descansara sobre su cuello.

Como quien se aferra a un tesoro incalculable que creía perdido.

Cuando el deseo lo superó e intentó besarla de nuevo, Valentina giró el rostro para esquivarlo.

Sebastián no insistió.

—El juego de la verdad que dejamos a medias la última vez... Terminémoslo hoy.

Al subir a la cubierta, Valentina no se había percatado de la caja con alcohol que estaba a un lado.

Sebastián colocó varias botellas sobre la mesa. La tenue iluminación de las bombillas se reflejaba en el vidrio amarillo pálido, proyectando un halo de luz multicolor sobre la superficie.

Valentina observó el resplandor en silencio. De reojo, notó que Sebastián sacaba un recipiente hermético.

Adentro había cacahuates tostados.

Los juegos a medias siempre tienen que acabar en algún momento.

Ella asintió. —Sigue en pie.

Al ver que ni siquiera tocaba el plato, él lo acercó un poco más. —Ya nos hicimos tres preguntas cada uno y yo gasté un comodín para beber. Así que aún podemos hacernos siete preguntas, y a ti te quedan intactas tus tres oportunidades para tomar.

Aquella noche Valentina estaba un poco ebria; no recordaba con claridad qué había dicho, pero sí tenía presente la última pregunta.

Fue ella quien la hizo.

Le había preguntado a Sebastián si alguna vez extrañó al «niño perdido».

En aquel entonces ella no sabía que Cachito estaba vivo y Sebastián no tenía intenciones de revelarle la verdad. Así que, cuando él optó por tomar en lugar de responder, ella también bebió de su vaso, indicando que estaba satisfecha con esa respuesta.

Ahora era el turno de Sebastián.

Miró a Valentina con unos ojos tan lúgubres como la niebla espesa que flotaba sobre el mar. —¿De verdad ya no me quieres en tu vida?

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