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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 527

La brisa marina entraba por la ventana entreabierta, trayendo consigo el aroma a pasto y flores frescas.

El murmullo intermitente de las olas hacía que la noche se sintiera aún más serena.

Valentina abrió los ojos y miró el techo, grisáceo, sin poder distinguir nada con claridad; parecía un sueño, una alucinación.

El ambiente le resultaba familiar. No solo acudieron a su mente los recuerdos recientes tras el nacimiento de Cachito, sino también las vivencias de hace años, desbordándose como una marea.

De verdad había vuelto a esta isla, la del Lago Lunar.

Desde el trasplante de médula de Cachito, su mente alternaba entre la lucidez y la confusión. Sus reflejos se habían vuelto muy lentos y, la mayor parte del tiempo, sentía que una densa niebla envolvía su cabeza.

Sabía que era niebla mental, uno de los síntomas de la depresión.

Antes de subirla al jet privado, Sebastián le había dicho en el hospital: —Mañana es tu cumpleaños. Quiero celebrártelo una vez más.

Su mente estaba tan ofuscada que había olvidado en qué mes estaban, y mucho menos sabía qué día era. Solo al escuchar a Sebastián miró instintivamente la pantalla digital de la pared.

Celebrar un cumpleaños más...

Valentina se levantó descalza, caminó hacia la ventana y la abrió por completo.

La luz de la luna caía como una cascada plateada sobre la superficie con forma de media luna del lago, en el centro de la isla. El agua destellaba y las flores de la orilla florecían con esplendor, luciendo tan hermosas bajo el resplandor lunar que parecían sacadas de un sueño irreal.

A poca distancia del Lago Lunar, reposaba un imponente helicóptero negro.

Ella miraba fijamente aquella luna llena cuando, de repente, un cuerpo cálido se le acercó por la espalda y la envolvió en un fuerte abrazo.

—¿Despertaste? —resonó la voz grave del hombre junto a su oído, acompañada de su aliento cálido que se colaba al hablar.

Ese leve temblor que llevaba consigo un suspiro ahogado, sumado a las manos temblorosas de él, hizo que el cuerpo de Valentina se tensara.

Antes de que ella pudiera decir algo, Sebastián la soltó.

—Qué bueno que despertaste, baja a comer algo —dijo él con tranquilidad—. Dormiste casi todo el día y no has comido nada.

Cada vez que terminaba de probar algo, él aprovechaba el momento preciso para servirle más en su plato.

Sebastián removió suavemente la sopa de ella y, tras asegurarse de que no quemaba, la colocó cerca de su mano. —Cuando termines, salgamos al mar. La noche está perfecta.

En la orilla descansaba un yate blanco. La brisa marina soplaba con una temperatura ideal. La ubicación geográfica de esta pequeña isla le otorgaba un clima primaveral y confortable todo el año.

Sebastián llevó a Valentina directamente a la cabina de mando del yate. La rodeó con sus brazos, indicándole que se sentara frente a él, y encendió los motores.

Aceleraron sobre el agua, levantando ruidosas salpicaduras. Con una mano, Sebastián maniobraba el timón, y con la otra abrazaba firmemente la cintura de Valentina para protegerla.

La espalda de ella estaba pegada al pecho de él, sintiendo el latido fuerte y vigoroso de su corazón.

Parecía como si algo se desbordara por las grietas del corazón de ella, doliendo un poco.

Levantó la mirada hacia el reflejo en el cristal inclinado frente a ellos, solo para descubrir que, a través de ese mismo reflejo, Sebastián también la estaba mirando.

Miraban en la misma dirección, pero allí adentro, se veían el uno al otro.

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