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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 520

Lucas caminó hacia la puerta de la habitación, dispuesto a informarle a Sebastián sobre el asunto.

Justo al llegar al umbral, escuchó a su jefe hablándole a Valentina con un tono de voz que nadie más en este mundo tendría el privilegio de oír:

—Mirar la pantalla por tanto tiempo te hace mal. ¿Acaso ya no cuidas tus ojos?

Valentina miró el celular, que se había bloqueado automáticamente. Sabiendo que el truco de la "batería baja" no le funcionaría dos veces, el muy calculador había configurado un temporizador en el dispositivo para que se bloqueara a cierta hora.

Al principio, pensó que había presionado el botón lateral por error, así que ingresó la contraseña de nuevo. Sin embargo, la pantalla vibró y apareció un texto: "¿Todavía quieres seguir viendo?".

Se volvió para mirar al hombre a su lado, que seguía hojeando sus documentos. Parecía haber contado los segundos en su cabeza, porque en el momento exacto en que ella giró el rostro, él levantó la vista y pronunció esa frase.

Sebastián siempre había sido exageradamente calculador.

Por un momento, ella no supo qué responderle.

—Gracias —dijo finalmente. En lugar de devolverle el teléfono en la mano, lo dejó sobre la mesa frente a él y se levantó para irse.

De repente, sintió una presión en la muñeca del brazo que no estaba herido. Un tacto cálido y seco la envolvió. Por puro instinto, intentó zafarse, pero el agarre se volvió más firme.

No la lastimaba, pero tampoco le permitía liberarse.

—¿Estás enojada? —Sebastián se levantó a su lado y bajó la mirada hacia su rostro.

Desde la puerta, Lucas retrocedió unos pasos en silencio y se apartó hacia un lado, haciéndole señas a los guardaespaldas para que se alejaran un poco.

Valentina no entendía de dónde sacaba Sebastián que estaba enojada. No había motivo para molestarse, además de que había podido ver los videos durante media hora, lo cual la dejaba mucho más tranquila.

Si quería irse, era simplemente porque no deseaba estar a solas con él.

Mientras más lo pensaba, más sentía que él solo buscaba excusas para retenerla. Una repentina e inexplicable frustración cruzó por su rostro habitualmente estoico.

—Patético.

¿Patético?

Sebastián sabía exactamente lo que ella estaba pensando y no lo negó.

Sí, quería retenerla, y solo podía recurrir a métodos tan burdos y ridículos como ese.

—Sí lo has hecho —la interrumpió él en voz baja, observando cómo sus pestañas temblaban levemente—. Si no me crees, pruébalo hoy al mediodía.

Lucas esperó afuera durante unos cinco minutos antes de que Valentina saliera. Hizo una leve inclinación de cabeza y, solo cuando ella entró en su respectiva habitación, dio unos pasos largos para acercarse a Sebastián.

—Señor Correa, efectivamente Francisco Figueroa oculta algo. Ya presentó su renuncia en la universidad.

Toda la dulzura desapareció de los ojos de Sebastián, siendo reemplazada por una frialdad glacial, como si un viento del norte hubiera congelado su mirada de golpe.

—No levantes sospechas todavía.

—Por otro lado, el caso de Isabela Campos ya pasó al sistema judicial. He dado el aviso para que se cierre lo más pronto posible.

Sebastián asintió. Desde afuera, los hombres de Lucas entraron cargando varias bolsas grandes.

—Señor Correa, aquí están los ingredientes que nos pidió comprar.

Ricardo, que había salido a propósito de la habitación para darles privacidad a Sebastián y Valentina, regresó justo en el momento en que su amigo sacaba un delantal de una de las bolsas y se lo ataba. Chasqueó la lengua.

—¿Qué pasa? ¿Te has vuelto adicto al cosplay? ¿No te bastó con actuar como Aein, que ahora te disfrazas de amo de casa ideal?

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