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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 505

Tiró la gasa ensangrentada a la basura mientras organizaba la bandeja, diciendo con tono despreocupado: —Para la próxima te prometo que me sale el nudo de macramé.

...

En la habitación de Sebastián.

El general Solano lo miraba enfurecido, con la mano en alto, listo para golpearlo.

¡Ese niño seguía vivo!

¡Y se lo había ocultado todo este tiempo!

Sebastián, claramente anticipando su reacción, ni siquiera se inmutó, preparado para recibir el golpe.

Pero la mano del anciano se quedó suspendida en el aire.

Lo miró sentado ahí, con la espalda completamente recta y sin moverse un milímetro. Un torbellino de pensamientos cruzó por su mente.

Poco a poco, esos pensamientos se desvanecieron, dejando solo una verdad fundamental.

Todos se preocupaban por si Valentina sufriría algún colapso mental. Él mismo estaba aterrado; después de todo, era la madre, ese niño era una parte de ella, y todos querían protegerla.

Pero durante este último año, la salud del niño había sido una montaña rusa. Necesitaba compañía constante, cuidados meticulosos, y enfrentaba crisis mortales en cualquier momento.

Todo eso, Sebastián lo había soportado completamente solo.

Ya se había preparado para el peor escenario. Fuese bueno o malo el desenlace, la carga caería únicamente sobre sus hombros.

Soportando un peso tan inmenso, nadie se había detenido a preguntarle a Sebastián si estaba agotado.

La mano del anciano finalmente bajó, pero no para golpear. Simplemente apretó el hombro sano de su nieto.

Estuvo a punto de decir algo reconfortante.

Pero Sebastián, con expresión imperturbable, lo cortó: —Si va a golpearme, hágalo. No venga con sentimentalismos.

Después de que los hombres de Sebastián escoltaran a Francisco Figueroa de vuelta a la universidad, este llegó justo a tiempo para una reunión. Tras impartir dos clases, regresó a su casa como era costumbre.

La propiedad estaba ubicada en la zona más exclusiva y apartada de la zona residencial. Era un lugar remoto y silencioso, sin apenas tráfico.

En el jardín de invierno del segundo piso, Francisco sostenía a una mujer en sus brazos.

Era una mujer de facciones exquisitas, vestida con un camisón azul claro y un chal de tono suave sobre los hombros.

Su rostro no tenía arrugas marcadas, aunque era evidente que ya no era joven.

A pesar de tener un leve rubor en las mejillas, parecía gravemente enferma. Se apoyaba sin fuerzas contra el pecho de Francisco, parpadeando de vez en cuando con sus profundos ojos color té.

Francisco sostenía su mano, suave como si no tuviera huesos, y le cortaba las uñas con infinita delicadeza.

—Hoy Sebastián Correa vino a buscarme. Sus preguntas me sonaron a interrogatorio. No sé si habrá descubierto algo.

Terminó de arreglarle las uñas y le dio un tierno beso en la coronilla. —Lucía, parece que esta ciudad ya no nos puede retener.

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