—No digas eso, Valentina.
Sebastián agarró la mano de Valentina de forma abrupta. Tomó una profunda bocanada de aire, luchando desesperadamente por contener el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarse y que hacía resaltar las venas de su cuello.
El recuerdo de aquella noche, cuando soltaron juntos el globo de cantoya, seguía vívido en su memoria. En aquel entonces, él acababa de perder a su abuela, y ella había sido expulsada de la familia Correa.
"Que el tiempo siempre nos vuelva a reunir" fue lo único que pudo atreverse a decirle.
Su voz grave y áspera estaba impregnada de una determinación inquebrantable que la envolvía como un fino hilo de acero.
—Se hará realidad. Estarás siempre a mi lado.
Un pesado silencio se instaló entre ambos, acentuado únicamente por el incesante repiqueteo de la lluvia contra la ventana.
A pesar de saber que su hijo estaba vivo, Sebastián comprendía perfectamente que Valentina jamás se dejaría atar a nadie por un niño. Por eso, ni siquiera había intentado utilizar a Cachito como excusa para retenerla.
Era él quien no podía soltar este amor.
Valentina giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos, vacíos y sin una pizca de vitalidad, lo observaron con una calma sepulcral.
—¿Cómo crees que podríamos volver a estar juntos?
No había agresividad ni odio en sus palabras. Sonaba más bien como si estuviera tratando de convencerlo a él, o quizás a sí misma.
—Si tus padres, la abuela...
—La abuela fue envenenada —la interrumpió Sebastián, apretando aún más su mano.
Él bajó la mirada por un segundo antes de volver a clavarla en ella.
—No te lo había dicho antes porque no teníamos ninguna pista, no había descubierto nada sólido.
Al principio, Valentina pareció no asimilar lo que él acababa de confesar. Pero al instante siguiente, la mano que él sostenía comenzó a temblar, y algo pareció quebrarse en aquellos ojos que hasta entonces habían permanecido muertos.
Fijó su mirada en Sebastián con intensidad.
¿Envenenada...?
¡Envenenada!
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos enrojecidos, y un destello de odio cruzó su mirada.
Con la garganta tan apretada que apenas le salía la voz, logró balbucear:
—Fue... ¿fue con el mismo veneno que usó Isabela Campos conmigo? ¿Fue Isabela?
La gran mano de Sebastián envolvió la pequeña mano temblorosa de ella. Apretó los labios en una fina línea y respondió con voz ronca:
—Fue Diana.
Al escuchar ese nombre, Valentina sintió un golpe seco en el pecho. Sus oídos comenzaron a zumbar, como si su mente se negara a procesar las palabras que Sebastián acababa de pronunciar.
Un nombre tan familiar... una persona tan cercana.
Intentó liberarse bruscamente del agarre de Sebastián para sentarse en la cama. Él se puso de pie al instante para ayudarla, con el impulso instintivo de hacer que ella se apoyara en su pecho. Sin embargo, el cuerpo de Valentina lo rechazó de inmediato, retrocediendo hacia la cabecera. A él no le quedó más remedio que respetar su espacio.
Al pensar en la matriarca, Valentina rompió en llanto. La abuela, en efecto, había sido asesinada.
Recordaba cómo, preocupada por su salud, la había llevado a la fuerza al hospital para hacerle estudios, pero los médicos jamás encontraron nada raro.
¡¿Cómo iba a imaginar que la persona que la estaba matando era la tía Diana?!
—Pero la abuela siempre tenía a su mayordomo y asistentes pendientes de sus comidas y medicinas. ¿Cómo logró envenenarla?
¿Y cómo lo hizo sin que nadie se diera cuenta?
Especialmente considerando que, tras separarse de Joaquín, Diana rara vez ponía un pie en la Hacienda Correa.
Sebastián clavó su mirada en los ojos llorosos de la joven.
—A través de aquel álbum de fotos que la abuela no dejaba de mirar.
El rostro de Valentina se petrificó.
Ese álbum...
El mismo que Sebastián le había entregado tras la muerte de la matriarca, asegurándole que era su tesoro más preciado.
—Hace un par de días envié a Lucas a tu departamento para que recuperara ese álbum. Le hicimos pruebas exhaustivas a la cubierta y las páginas, y el laboratorio encontró rastros de toxinas. Era un veneno inestable y soluble en agua; a temperatura ambiente se evaporaba fácilmente. Entre más cálida estuviera la habitación, más rápido se liberaba la toxina.
Varias imágenes pasaron como ráfagas por la mente de Valentina mientras murmuraba:
—En invierno... la abuela siempre encendía la calefacción. Revisaba ese álbum a diario. Con el tiempo, el veneno se evaporaba justo frente a su rostro, ella lo inhalaba y la toxina pasaba directamente a su torrente sanguíneo.
Con razón nadie sospechó nunca nada.
¡Qué método tan espeluznantemente perverso!
Descubrir que así le habían arrebatado la vida a la matriarca destrozó a Valentina. Recordó cómo la pobre anciana obedecía sin rechistar cada vez que le organizaba exámenes médicos, solo para que todo resultara inútil. Y Valentina simplemente le había palmeado la mano, consolándola con que "así era la vejez".
Si tan solo hubiera sido un poco más suspicaz...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....