La mirada siempre fría de Sebastián se posó en la mujer.
En contraste con el leve tono de alegría en el «cuánto tiempo sin verte» de ella, la reacción de él fue demasiado apática. No hubo ninguna diferencia entre saludarla a ella y a cualquier otro médico o empleado de su empresa.
A un lado, a Ricardo no le sorprendió en lo absoluto.
Sebastián era incapaz de intimar con nadie; tenía un temperamento terrible y una personalidad aún más extraña. Esperar que tratara a alguien de forma especial era más difícil que alcanzar el cielo con las manos.
La única razón por la que fingió y toleró a Isabela en el pasado fue exclusivamente por el bienestar de Cachito.
¿Pero por qué acababa de escuchar a la doctora llamar a Sebastián «Aein»?
—¿Qué está pasando? —le preguntó, girando la cabeza hacia él.
Sebastián apretó los labios con una expresión impasible. Era evidente que no tenía la menor intención de explicarse.
Aein fue el nombre que eligió diez años atrás, inspirado en Valentina, justo antes de emprender su misión de infiltración.
En una misión casi suicida, ella fue la única persona que ocupó su mente.
Incluso la carta de despedida que dejó escrita antes de partir iba dirigida a ella.
Un fugaz recuerdo hizo que frunciera el ceño, pero apenas fue un instante. De inmediato, se dirigió a Elena: —Mi verdadero nombre es Sebastián Correa.
Su tono destilaba una fría distancia.
Elena se quedó paralizada un segundo.
Recuerdos nostálgicos desfilaban por su mente.
Veía al hombre del pasado, con su cabello rapado y una camiseta negra sin mangas, sentado en silencio en un taburete fuera de aquella casa en la isla. Esos ojos afilados, como los de un halcón, vigilaban los barcos que pasaban por el puerto.
Varias veces lo sorprendió trazando líneas en la tierra con una pequeña rama.
Pero cada vez que ella intentaba acercarse, él borraba los trazos con el zapato sin decir una palabra. Nunca pudo leer lo que escribía; apenas alcanzaba a distinguir que formaban un par de letras.
Este hombre seguía siendo exactamente igual que en el pasado: distante y gélido con todo el mundo.
Esbozó una sonrisa sincera y adaptó su trato con naturalidad: —Entendido, señor Correa.
Al notarlo, Ricardo se sorprendió por un segundo, pero luego sonrió con malicia. —¿De verdad le atiné?
La habitación se sumió en un silencio momentáneo.
Un silencio tan denso que a Ricardo se le erizó la piel. Justo cuando iba a romperlo...
—No fingimos ser novios. Fingimos ser marido y mujer —respondió Sebastián con voz profunda.
—¡¿Otra vez esposos falsos?! —exclamó Ricardo.
Pero apenas las palabras salieron de su boca, sintió la mirada aniquiladora de Sebastián clavándose sin piedad en él. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Por qué me ves así? ¿Acaso dije alguna mentira? —Se apresuró a retroceder un par de pasos, asegurándose de estar fuera del alcance de los golpes de Sebastián antes de detenerse.
Miró de reojo hacia la puerta y añadió: —Fingiste casarte con Valentina, y también con esta doctora... ¿Qué pasa, le agarraste el gusto a los matrimonios falsos?
Y eso lo decía de forma diplomática solo porque Sebastián estaba herido; de lo contrario, se habría burlado a carcajadas de su repentina afición por las farsas matrimoniales.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido
Hola habrá actualización?? Porfi ojalá terminen la historía...
Habrá acrualizacion.....