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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 483

—Por tener sangre sucia corriendo por mis venas, Humberto Campos me despreció desde que nací. Me ignoraba, me maltrataba, me golpeaba, me insultaba. ¡Incluso intentó casarme con un asqueroso viejo cuando apenas tenía dieciocho años! Y cuando me negué, me encerró y me dejó sin comer. En comparación conmigo, ¡has tenido demasiada suerte y una vida perfecta!

Si la Valentina de hace unos años hubiera escuchado esto, habría sentido una profunda compasión por Isabela. Pero ahora, escuchar esas palabras solo le resultaba ridículo.

—¿Acaso fui yo la causante de tus desgracias?

—Tú no me las causaste. —Isabela tomó aire con dificultad—. Pero podías simplemente haber sido la princesa intocable de los Correa, ¿verdad? ¡¿Por qué tuviste que meterte en medio y robarme a Sebastián?!

—¡Si yo me hubiera casado con Sebastián, habría sido inmensamente feliz y todo ese pasado asqueroso se habría quedado atrás! ¡Pero tenías que entrometerte!

Isabela se apoyó desesperadamente con ambas manos contra la cama, intentando impulsarse hacia arriba.

Pero por más que empleó toda su fuerza y las venas de sus manos se hincharon al máximo, le fue imposible siquiera sentarse. Miró a Valentina con una expresión espeluznante y escupió su más retorcida maldición:

—¡Te odio, Valentina! ¡Ojalá te murieras!

¡Plaff!

El sonido de una bofetada resonó secamente contra el rostro de Isabela.

—¡¿Y por eso decidiste envenenarme?! —La calma de los ojos de Valentina, que antes parecía un lago tranquilo, se quebró por completo, desatando una oleada de odio que amenazaba con devorar a Isabela.

Isabela comenzó a reír entre lágrimas.

—¡Sí! ¡Quería que murieran las dos basuras juntas! ¿Quién iba a decir que tendrías tanta suerte? Pero al menos pude evitar...

¡Plaff!

Valentina le propinó otra bofetada, haciéndole sangrar la comisura de los labios e impidiendo que terminara de escupir su veneno. Sabía perfectamente lo que Isabela iba a decir.

Al pensar en todo el daño que había sufrido Cachito, con su pequeño cuerpo estancado en el tamaño de un bebé de seis meses cuando ya tenía más de un año, sintió como si le hubieran arrancado un pedazo del alma.

Pero, gracias a Dios, él seguía vivo.

Gracias a Dios.

—¡¿Dónde está?! —Los ojos de Isabela se abrieron desmesuradamente, a punto de salirse de sus órbitas.

En un esfuerzo sobrehumano impulsado por la histeria, logró incorporarse por un segundo en la cama, pero antes de que pudiera hacer algo más, Valentina la mandó de vuelta a las sábanas de otra bofetada.

Ese último golpe agotó las escasas fuerzas que le quedaban a Valentina. Se aferró a la barandilla de la cama con una mano para mantenerse en pie, mientras observaba la patética figura de Isabela, incapaz de levantarse.

—No mereces saber dónde está, y mucho menos mereces verlo.

Tras recuperar un poco el aliento, Valentina de pronto le agarró la mandíbula con fuerza y le introdujo a la fuerza una pastilla en la boca.

Su movimiento fue tan rápido y despiadado que Isabela, con la mandíbula apresada, no tuvo más remedio que abrir la boca. La pastilla rodó directamente por su garganta.

—¡Ugh! —Al darse cuenta de lo que Valentina le había dado, Isabela se agarró el cuello, intentando escupir desesperadamente la pastilla.

Sin embargo, Valentina tomó la esquina de la almohada y se la presionó con fuerza contra la boca, hasta que el rostro de Isabela se tornó rojo intenso. Solo la soltó cuando se aseguró de que ya se había tragado la medicina por completo.

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