Su esposo le había dicho que tenían una cena importante a la que debían acudir ese día. Como siempre, se mostró cooperativa; era lo mínimo que podía hacer por el hombre que pagaba todos los gastos médicos de su hija.
Llegaron al lugar indicado: un lujoso restaurante que parecía haber sido reservado exclusivamente para ellos. No entendía la razón de tanto misterio. ¿De qué trataba todo esto?
—¿Ya me dirás qué ocurre, Brandon? —preguntó sin poder soportar un segundo más la inquietud.
—Ya lo sabrás, cariño.
—¿Negocios? ¿Un nuevo convenio? —tanteó ella.
—Algo así… —su respuesta fue vaga, sin darle la claridad que tanto necesitaba.
Los minutos pasaron y, entonces, la puerta principal se abrió. Todo a su alrededor pareció detenerse en ese preciso instante; era como si alguien hubiera presionado un interruptor.
«No», la palabra estaba en la punta de su lengua mientras veía entrar al último hombre que esperaba ver.
Durante años se había cuidado de no volver a encontrarse con ese sujeto. Lo había hecho tan bien que se había permitido relajarse, que se había permitido creer que, sin importar qué, nunca más volverían a estar frente a frente. Sin embargo, se había equivocado. Esa calma acababa de romperse, porque Xander Thorne acababa de cruzar la gran puerta de cristal... pero no venía solo.
De su brazo colgaba una mujer: delgada, hermosa, completamente de su tipo. Solo que esa mujer no era cualquiera: era su cuñada, Carlotta.
Sintió que sus extremidades inferiores temblaban a medida que ellos más se acercaban… «Me va a reconocer», era el único pensamiento en su cabeza. La acusación de robo que le había hecho Victoria Thorne, la existencia de su hija Luna... todo jugaba en su contra y no estaba dispuesta a perder. Ya lo había hecho cinco años atrás; no lo haría de nuevo.
—Julieta, cariño… —la voz de su esposo intentó sacarla de su trance.
—Eh, ¿sí? —parpadeó, dándose cuenta de que ya tenía a ese hombre enfrente.
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