—Cariño, discúlpame por pedirte esto, pero por favor —puso una mano en su pecho para enfatizar el punto—, bajo ninguna circunstancia salgas de tu habitación esta noche, ¿entendido?
La niña formó un puchero que la hizo sentir más culpable de lo que ya se sentía. Los últimos días, Luna se había sentido un poco mejor gracias al aumento de la dosis de su tratamiento, fuerza que había invertido en ayudarla a organizar la celebración de cumpleaños de Brandon; misma celebración de la que la estaba privando de asistir por una persona en específico. Una persona a la que había querido no invitar, pero por la que no tuvo más opción que hacerlo.
—¿Por qué, mami? —sus ojitos se humedecieron mientras se cruzaba de brazos—. Yo también quiero estar con papá en su cumpleaños.
Y aunque Brandon no era su verdadero padre, ella lo consideraba como tal.
—Te prometo que, en cuanto termine la reunión, los dos vendremos aquí y estaremos contigo hasta que te duermas —sonrió—. También podemos leerte tu cuento favorito —dijo con un gesto que esperaba que la convenciera. Pero que lamentablemente no fue el caso.
De repente, una idea triste pasó por la mente de su pequeña; lo supo porque su expresión decayó, tornándose cada vez más deprimente.
—Es por mi enfermedad, ¿verdad? —preguntó ella, retorciéndose las manitos en el regazo.
Llevaba puesto un vestido precioso de purpurina rosada y se había arreglado con esmero para la ocasión. Ella misma lo había hecho, repitiéndole en el proceso que ya era una niña grande y que podía hacerlo sola. Quizás debió negarse en ese momento en vez de darle alas, pero se veía tan entusiasmada que no pudo hacer otra cosa que ver cómo elegía su ropa y el resto de los accesorios para que combinaran.
—¿Es porque mi piel es muy pálida? ¿Porque mis venas se notan?
—¡Cariño, no! —el dolor se imprimió en su voz—. ¡No vuelvas a decir eso, por favor! ¡Eres demasiado preciosa y tu enfermedad no te resta ni un gramo de belleza!
—¿Entonces qué es, mamá? —insistió ella. Su tono mas bajo, perdiendo la fuerza.
«Es porque no quiero que él te vea», las palabras estaban en la punta de su lengua.
—Es… —trató de pensar en algo que sirviera—. Es que el doctor dijo que debías evitar los contagios por tu deficiencia inmune, mi amor. En la celebración habrá muchas personas y tengo miedo de que te peguen algún virus —tomó sus manos entre las suyas, acariciándolas con suavidad—. Por favor, quédate aquí y descansa. Mañana podremos salir las dos solas a cualquier lugar que quieras, ¿sí?
—Está bien, mami —dijo ella, pero más allá de estar de acuerdo, había mucha resignación en esas palabras.


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