Al pasar por el campo deportivo, Don Abelardo notó que estaba abarrotado de gente. Buscando dónde descargar su frustración, arremetió contra el director académico.
—Es el primer día de clases y los estudiantes ya se están reuniendo por su cuenta en el campo. ¿Qué pretenden? Cuando yo no estoy, ¿así es como administras la universidad?
El director pensó que era una total injusticia.
—Para nada, señor rector. Seguramente organizaron alguna actividad. Usted mismo dijo antes que debíamos respetar las iniciativas de los estudiantes, ¿no? Por eso no me pareció correcto interferir.
—¡No te pareció correcto! —bufó Don Abelardo furioso—. ¿Y si se están reuniendo para protestar contra mí, tampoco harías nada? ¡Mejor busco a otro director!
—¡Señor rector! —exclamó el director, con la voz temblorosa por el susto, e intentó enmendarlo—. No se enoje, voy de inmediato a averiguar qué sucede.
Salió corriendo como una ráfaga de viento y volvió un minuto después para darle el reporte a Don Abelardo.
—Rector, ya investigué. Resulta que hay una chica de nuevo ingreso que aseguró poder romper el récord del menor tiempo en la carrera de cinco kilómetros. Como a los estudiantes les pareció una novedad, se juntaron para ver.
Al oír eso, Don Abelardo frunció el ceño. Echó un vistazo casual hacia la multitud y, de pronto, se quedó petrificado.
El director notó que el anciano miraba fijamente en una dirección y estaba a punto de preguntar, cuando vio a Don Abelardo caminar rápidamente hacia allá sin decir palabra. De inmediato, corrió tras él.
Al ver que el rector no podía pasar por tanta gente, el director, muy atento, ordenó a los asistentes abrirle paso.
—Pase, señor rector.
Don Abelardo lo miró de reojo, y su expresión se suavizó un poco.
—Buenos días, director —saludó un estudiante que lo reconoció, posando luego una mirada curiosa sobre Don Abelardo—. ¿Y él es...?
El director se apresuró a presentarlo:
—Buenos días, jóvenes. Él es el honorable rector de nuestra universidad.
Al oír eso, todos se inclinaron ligeramente y saludaron:
—¡Buenos días, señor rector!
Don Abelardo, ocupado buscando a la persona que había creído ver, solo asintió con la cabeza.
Sin embargo, algunos estudiantes sintieron que su rostro les resultaba familiar, aunque no lograban recordar de dónde.
Unos segundos después, reaccionaron.

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